—Sí: quiere saberlo todo, y para cerrarle el pico he necesitado decirle cómo y cuándo nos conocimos. Lo que se refiere a mí le importa poco; tu vida es lo que le interesa: me ha mareado tanto deseando saber las locuras y sublimidades que has hecho por esta infeliz, que no he podido menos de divertirme a costa suya...

—Bien hecho, amada mía.

—¡Qué orgullosa es!... Se ríe de cuanto hablo, y, según ella, no abro la boca más que para decir vulgaridades. Pero la he castigado... Como insistiese en conocer tus empresas amorosas, le he dicho que después de Bailén quisieron robarme veinticinco hombres armados, y que tú solo les matastes a todos.

Inés sonreía tristemente, y yo sofocaba la risa.

—También le dije que en El Pardo, para poder hablarme, te disfrazaste de duque, siendo tal el poder de la falsa vestimenta, que engañaste a toda la Corte y te presentaron al Emperador Napoleón, el cual se encerró contigo en su gabinete y te confió el plan de su campaña contra el Austria.

—Así te vengas tú —dije encantado de la malicia de mi pobre amiga—. Dame un abrazo, chiquilla, un abrazo o me muero.

—Así me vengo yo. También le dije que estando en Aranjuez pasabas el Tajo a nado todas las noches para verme; que en Córdoba entraste en el convento y maniataste a todas las monjas para robarme; que otra vez anduviste ochenta leguas a caballo para traerme una flor; que te batiste con seis generales franceses porque me habían mirado, con otras mil heroicidades, acometimientos y amorosas proezas que se me vinieron a la memoria a medida que ella me hacía preguntas. Eh, caballerito, no dirá usted que no cuido de su reputación... Te he puesto en los cuernos de la luna... Puedes creer que la inglesa estaba asombrada. Me oía con toda su hermosa boca abierta... ¿Qué crees? Te tiene por un Cid, y ella cuando menos se figura ser la misma Doña Jimena.

—¡Cómo te has burlado de ella! —exclamé acercando mi silla a la de Inés—. ¿Pero has tenido celos?... Dime si has tenido celos para estarme riendo tres días...

—Caballero Araceli —dijo arrugando graciosamente el ceño—, sí, los he tenido y los tengo...

—¡Celos de esa loca! —contesté riendo y el alma inundada de regocijo—. Inés de mi vida, dame un abrazo.