Las lindas manecitas de la muchacha se sacudían delante de mí, y me azotaban el rostro al acercarme. Yo, pillándolas al vuelo, se las besaba.

—Inesilla, querida mía, dame un abrazo... o te como.

—Hambriento estás.

—Hambriento de quererte, esposa mía. ¿Te parece...? Seis meses amando a una sombra. ¿Y tú?...

Yo no sabía qué decir. Estaba hondamente conmovido. Mi desgraciada amiga quiso disimular su emoción; pero no pudo atajar el torrente de lágrimas que pugnaba por salir de sus ojos.

—No te acuerdes de esa mujer, si no quieres que me enfade. ¿Es posible que tú, con la elevación de tu alma, con tu penetración admirable, hayas podido...?

—No, no lloro por eso, querido amigo mío —me dijo mirándome con profundo afecto—. Lloro... no sé por qué. Creo que de alegría.

—¡Oh! Si Miss Fly estuviera aquí, si nos viera juntos, si viera cómo nos amamos por bendición especial de Dios, si viera este cariño, superior a las contrariedades del mundo, comprendería cuánta diferencia hay de sus chispazos poéticos a esta fuente inagotable del corazón, a esta luz divina en que se gozan nuestras almas, y se gozarán por los siglos de los siglos.

—No me nombres a Miss Fly... Si en un momento me afligió el conocerla, ya no hago caso de ella... —dijo secando sus lágrimas—. Al principio, francamente... tuve dudas, más que dudas, celos; pero al tratarla de cerca se disiparon. Sin embargo, es muy hermosa, más hermosa que yo.

—Ya quisiera parecerse a ti. Es un marimacho.