—Es además muy rica, según ella misma dice. Es noble... Pero a pesar de todos sus méritos, Miss Fly me causaba risa, no sé por qué. Yo reflexionaba y decía: «Es imposible, Dios mío. No puede ser... Caerán sobre mí todas las desgracias menos esta...» ¡Oh! esta sí que no la hubiera soportado.

—¡Qué bien pensaste! Te reconozco, Inés. Reconozco tu grande alma. Duda de todo el mundo, duda de lo que ven tus ojos; pero no dudes de mí, que te adoro.

—Mi corazón se desborda... —exclamó oprimiéndose el seno con una mano que se escapó de entre las mías—. Hace tiempo que deseaba llorar así... delante de ti... ¡Bendito sea Dios que empieza a hacer caso de lo que le he dicho!

—Inés, yo también he tenido celos, queridita; celos de otra clase, pero más terribles que los tuyos.

—¿Por qué? —dijo mirándome con severidad.

—¡Pobre de mí!... Yo me acordaba de tu buena madre y decía mirándote: «Esta pícara ya no nos quiere.»

—¿Que no os quiero?

—Alma mía, ahora te pregunto como a los niños. ¿A quién quieres tú?

—A todos —contestó con resolución.

Esta respuesta, tan concisa como elocuente, me dejó confuso.