—A todos —repitió—. Si no te creyera capaz de comprenderlo así, ¡cuán poco valdrías a mis ojos!
—Inés, tú eres una criatura superior —afirmé con verdadero entusiasmo—. Tú tienes en tu alma mayor porción de aliento divino que los demás. Amas a tus enemigos, a tus más crueles enemigos.
—Amo a mi padre —dijo con entereza.
—Sí; pero tu padre...
—Vas a decir que es un malvado, y no es verdad. Tú no le conoces.
—Bien, amiga mía, creo lo que me dices; pero las circunstancias en que has ido a poder de ese hombre no son las más a propósito para que le tomaras gran cariño...
—Hablas de lo que no entiendes. Si yo te dijera una cosa...
—Espera... déjame acabar... Yo sé lo que vas a decir. Es que has encontrado en él, cuando menos lo esperabas, un noble y profundo cariño paternal.
—Sí; pero he encontrado algo más.
—¿Qué?