—La desgracia. Es el hombre más desdichado, más sin ventura que existe en el mundo.
—Es verdad: la nobleza de tu alma no tiene fin... pero dime: seguramente no hallarán eco en ella los sentimientos de odio ni el frenesí de este desgraciado.
—Yo espero reconciliarle —dijo sencillamente— con los que odia, o aparenta odiar, pues su cólera ante ciertas personas no brota del corazón.
—¡Reconciliarle! —repetí con verdadero asombro—. ¡Oh! Inés: si tal hicieras; si tan grande objeto lograras tú con la sola fuerza de tu dulzura y de tu amor, te tendría por la más admirable persona de todo el mundo... Pero debe haber ocurrido entre ti y él mucho que ignoro, querida mía. Cuando te viste arrebatada por ese hombre de los brazos de tu madre enferma, ¿no sentiste...?
—Un horror, un espanto... no me recuerdes eso, amiguito, porque me estremezco toda... ¡Qué noche, qué agonía! Yo creí morir, y en verdad pedía la muerte... Aquellos hombres... todos me parecían negros, con el pelo erizado y las manos como garfios... aquellos hombres me encerraron en un coche. Encarecerte mi miedo, mis súplicas, aquel continuo llorar mío durante no sé cuántos días, sería imposible. Unas veces, desesperada y loca, les decía mil injurias; otras pedíales de rodillas mi libertad. Durante mucho tiempo me resistí a tomar alimento, y también traté de escaparme... Imposible, porque me guardaban muy bien... Después de algunos días de marcha, fuéronse todos, y él quedó solo conmigo en un lugar que llaman Cuéllar.
—¿Y te maltrató?
—Jamás: al principio me trataba con aspereza; pero luego, mientras más me ensoberbecía yo, mayor era su dulzura. En Cuéllar me dijo que nunca volvería a ver a mi madre, lo cual me causó tal desesperación y angustia, que aquella noche intenté arrojarme por la ventana al campo. El suicidio, que es tan gran pecado, no me aterraba... Trájome en seguida a Salamanca, y allí le oí repetir que jamás vería a mi madre. Entonces advertí que mis lágrimas le conmovían mucho... Un día, después que largo rato disputamos y vociferamos los dos, púsose de rodillas delante de mí, y besándome las manos me dijo que él no era un hombre malo.
—¿Y tú sospechabas algo de tu parentesco con él?
—Verás... Yo le respondí que le tenía por el más malo, el más abominable ser de toda la tierra, y entonces fue cuando me dijo que era mi padre... Esta revelación me dejó tan suspensa, tan asombrada, que por un instante perdí el sentido... Tomome en sus brazos, y durante largo rato me prodigó mil caricias... Yo no lo quería creer... En lo íntimo de mi alma acusé a Dios por haberme hecho nacer de aquel monstruo... Después, como advirtiese mi duda, mostrome un retrato de mi madre y algunas cartas que escogió entre muchas que tenía... Yo estaba medio muerta... aquello me parecía un sueño. En la angustia y turbación de tan dolorosa escena, fijé la vista en su rostro y un grito se escapó de mis labios.
—¿No le habías observado bien?