—Hombre, lo admiro; pero francamente... Al menos beberá usted un trago. Es de Rueda.
—No bebo más que agua.
—¡Hombre... agua y yerbecitas del campo! Lindo comistrajo es ese. En fin, si de tal modo se salva uno...
—Ya hace tiempo que hice voto firmísimo de vivir de esa manera, y hasta hoy, D. Gabriel mío, aunque no limpio de pecados, tengo la satisfacción de no haber cometido el de faltar a mi voto una sola vez.
—Pues no insisto, amigo. No se vaya usted a condenar por culpa mía. La verdad es que tengo un hambre... Pobre Sr. Juan de Dios... ¡Quién había de decir que nos encontraríamos después de tantos años...! ¿No es verdad?
—Sí, señor.
—Yo creí que usted había pasado a mejor vida. Como desapareció...
—Entré en la Orden en enero del año 9. Acabé mis primeros ejercicios en marzo, y recibí las primeras órdenes el año último. Todavía no soy fraile profeso.
—¡Cuántas cosas han pasado desde que no nos vemos!
—¡Sí, señor, cuántas!