—Llevo conmigo este bondadoso animal para que me ayude a cargar las limosnas y los enfermos que recojo en los pueblos para llevarlos al hospital.

—¿Al hospital?

—Sí, señor. Yo pertenezco a la Orden Hospitalaria que fundó en Granada nuestro santo padre y patrono mío el gran San Juan de Dios, hace doscientos y setenta años poco más o menos. Seguimos en nuestros estatutos la regla del gran San Agustín, y tenemos hospitales en varios pueblos de España. Recogemos los mendigos de los caminos, visitamos las casas de los pobres para cuidar a los enfermos que no quieren ir a la nuestra, y vivimos de limosnas.

—¡Admirable vida, hermano! —dije bajando del caballo y encaminándome con otros oficiales y el bendito Juan a un bosquecillo que a la vera del pueblo estaba, donde, a la grata sombra de algunos corpulentos y frescos árboles, nos prepararon nuestros asistentes una frugal comida.

—Ate usted su burro en el tronco de un árbol, y acomódese sobre este césped junto a mí, para que demos al cuerpo alguna cosa, que todo no ha de ser para el alma.

—Haré compañía al Sr. D. Gabriel —dijo Juan de Dios humildemente luego que ató la cabalgadura—. Yo no como.

—¿Que no come? ¿Por ventura manda Dios que no se coma? ¿Y cómo ha de estar dispuesto a servir al prójimo un cuerpo vacío? Vamos, Sr. Juan de Dios, deje a un lado esa cortedad.

—Yo no como viandas aderezadas en cocina, ni nada caliente y compuesto que tenga olor a gastronomía.

—¿Llama gastronomía a este carnero fiambre y seco, a este pan más duro que roca?

—Yo no puedo probar eso —repuso sonriendo—. Me alimento tan solo con yerbas del campo y raíces silvestres.