—¿Será posible que el que tengo delante sea Gabriel? ¡Jesús mío! Señor general, ¿es usted Gabriel, el que en abril de 1808...? Lo recuerdo bien... Deme usted a besar sus pies... ¿Conque es Gabriel en persona?
—El mismo soy. ¡Cuánto me alegro de que nos hayamos encontrado! Usted hecho un frailito...
—Para servir a Dios y salvar mi alma. Hace tiempo que abracé esta vida tan trabajosa para el cuerpo como saludable para el alma. ¿Y tú, Gabriel?... ¿Y usted, Sr. D. Gabriel, se dedicó a la milicia? También es honrosa la vida de las armas, y Dios premia a los buenos soldados, algunos de los cuales santos han sido.
—A eso voy, padre, y usted parece que ya lo consiguió, porque su pobreza no miente, y su cara de mortificación me dice que ayuna los siete reviernes.
—Yo soy un humildísimo siervo de Dios —dijo bajando los ojos—, y hago lo poco que está en mi miserable poder. Ahora, señor general, experimento mucho gozo en ver a usted... y en reconocer al generoso mancebo que fue mi amigo; y con esto y su venia me retiro, pues este ejército va sierra adentro, y yo busco el camino real.
—No permito que nos separemos tan pronto, amigo mío. Usted está fatigado, y además no tiene cara de haber cumplido aquel precepto que manda empiece la caridad por uno mismo. En ese pueblo descansará el regimiento. Vamos a comer lo que haya, y usted me acompañará para que hablemos un poco, refrescando viejas memorias.
—Si el señor general me lo manda, obedeceré, porque mi destino es obedecer —dijo marchando junto a mí en dirección al pueblo.
—Veo que el asno tiene mejor pelaje que su dueño, y no se mortifica tanto con ayunos y vigilias. Le llevará a usted como una pluma, porque parece una pieza de buena andadura.
—Yo no monto nunca en él —me respondió sin alzar los ojos del suelo—. Voy siempre a pie.
—Eso es demasiado.