Adelanteme y distinguí entre soldados, que de mil modos le mortificaban, a un bendito cogulla, vestido con el hábito agustino, y azorado y lloroso.

—¡Señor —decía mirando piadosamente al cielo y con las manos cruzadas—, que esto sea en descargo de mis culpas!

Su hábito descolorido y lleno de agujeros cuadraba muy bien a la miserable catadura de un flaquísimo y amarillo rostro, donde el polvo, con lágrimas o sudores amasado, formaba costras parduzcas. Lejos de revelar aquella miserable persona la holgura y saciedad de los conventos urbanos, los mejores criaderos de gente que se han conocido, parecía anacoreta de los desiertos o mendigo de los campos. Cuando se vio menos hostigado, volvió a un lado y otro los ojos buscando a su desgraciado compañero de infortunio, y como le viese volver a escape y jadeando, oprimidos los ijares por el poderoso Rocacha, se apresuró a acudir a su encuentro. En tanto yo miraba al buen fraile, y cuando le vi volver, tirando ya del cordel de su asno reconquistado, no pude reprimir una exclamación de sorpresa. Aquella cara, que al pronto despertó vagos recuerdos en mi mente, reveló al fin su enigma, y a pesar de la edad transcurrida y de lo injuriada que estaba por años y penas, la reconocí como perteneciente a una persona con quien tuve amistad en otro tiempo.

—Sr. Juan de Dios —exclamé deteniendo mi caballo a punto que el fraile pasaba junto a mí—, ¿es usted o no el que veo dentro de esos hábitos y detrás de esa capa de polvo?

El agustino me miró sobresaltado, y luego que por buen rato me contemplara, díjome así con melifluo acento:

—¿De dónde me conoce el señor general? Juan de Dios soy, en efecto. Doy gracias a su eminencia por haber mandado que me devolvieran el burro.

—¿Eminencia me llama usted?... —repuse—. Todavía no me han hecho cardenal.

—En mi turbación no sé lo que me digo. Si su alteza me da licencia me retiraré.

—Antes pruebe a ver si me conoce. ¿Mi cara ha variado tanto desde aquel tiempo en que estábamos juntos en casa de D. Mauro Requejo?

Este nombre hizo estremecer al buen agustino, que fijó en mí sus ojos calenturientos, y más bien espantado que sorprendido, dijo: