IV

Dejando el camino real a la derecha, nos dirigimos por una senda áspera y tortuosa para atravesar la sierra. Vino la aurora, vino el día, sin que en todo él ocurriese ningún suceso digno de ser marcado con piedra blanca, negra ni amarilla; mas en el siguiente tuve un encuentro que desde luego señalo como de los más felices de mi vida.

Marchábamos perezosamente al mediodía sin cuidados ni precauciones, por la seguridad de que no encontraríamos franceses en tan agrestes parajes. Iban cantando los soldados, y los oficiales disertando en amena conversación sobre la campaña emprendida; dejábamos a los caballos seguir en su natural y pacífica andadura, sin espolearlos ni reprimirlos. El día era hermoso, y a más de hermoso algo caliente, por lo cual caía la llama del sol sobre nuestras espaldas, calentándolas más de lo necesario.

Yo iba de vanguardia. Al llegar a la vista de San Esteban de la Sierra, pueblo pequeño, rodeado de frondosa verdura y grata sombra de árboles, a cuyo amparo habíamos resuelto sestear, sentí algazara en los primeros grupos de soldados que marchaban delante, rotas las filas y haciendo de las suyas con los aldeanos que se parecían en el camino.

—No es nada, mi comandante —me contestó Tribaldos, a quien pregunté la causa de tan escandalosa gritería—. Son Panduro y Rocacha que han topado con un fraile agustino, y más que agustino pedigüeño, y más que pedigüeño tunante, el cual no se apartó del camino cuando la tropa pasaba.

—¿Y qué le han hecho?

—Nada más que jugar a la pelota —respondió riendo—. Su paternidad llora y calla.

—Veo que Rocacha monta un asno y corre en él hacia el lugar.

—Es el asno de su paternidad, pues su paternidad trae un asno consigo cargado de nabos podridos.

—Que dejen en paz a ese pobre hombre, ¡por vida de!... —grité con ira—, y que siga su camino.