—Mi comandante, ya se ha ido esa flor y nata de la pillería. Todo el patio está lleno con pedazos encendidos de los palacios de Varsovia, y con los yelmos de cartón, y la sotana encarnada del Dux de Venecia.

—¿Y por qué lado se han ido esos infelices?

—Hacia Grijuelo.

—Es que van a Salamanca. Coge tu fusil y sígueme al momento.

—Mi comandante, el general España quiere ver a usía ahora mismo. El ayudante de su excelencia ha traído el recado.

—El demonio cargue contigo, con el recado, con el ayudante y con el general... Pero me he puesto el corbatín al revés... dame acá esa casaca, bruto... ¡Pues no me iba sin ella!

—El general espera a usía. De abajo se sienten las patadas y voces que da en su alojamiento.

Al bajar a la plaza, ya los incómodos viajeros habían desaparecido. D. Carlos España me salió al encuentro diciéndome:

—Acabo de recibir un despacho del Lord mandándome marchar hacia Sancti Spíritus... Arriba todo el mundo; tocar llamada.

Y así concluyó un incidente que no debiera ser contado si no se relacionara con otros curiosísimos que se verán a continuación.