—Si yo fuera D. Carlos España —dijo mi asistente demostrándome los sentimientos benévolos de su corazón—, cogería a todos los de la compañía, y llevándoles al corral, uno tras otro, a toditos les arcabuceaba.

—Tanto no.

—Así dejarían de hacer picardías. Pedrezuela y su endemoniada mujer la María Pepa del Valle, cómicos eran. Había que ver con qué talento hacía él su papel de comisionado regio y ella el de la señora comisionada regia. De tal modo engañaron a la gente, que en todos los pueblos por donde corrían les creyeron, y en el Tomelloso, que es el mío y no es tierra de bobos, también.

—Ese Pedrezuela —dije, sintiendo que el sueño se apoderaba nuevamente de mí— fue el que en varios pueblos de la margen del Tajo condenó a muerte a más de sesenta personas.

—El mismo que viste y calza —repuso—; pero ya las pagó todas juntas, porque cuando el general Castaños y yo fuimos a ayudar al Lord en el bloqueo de Ciudad-Rodrigo, cogimos a Pedrezuela y a su mujercita y los fusilamos contra una tapia. Desde entonces, cuando veo un cómico, muevo el dedo buscando el gatillo.

Tribaldos salió para volver un momento después.

—Me parece que se marchan ya —dije notando un ruido que anunciaba la partida.

—No, mi comandante —repuso riendo—: es que el sargento Panduro y el cabo Rocacha han pegado fuego al carro donde llevan los trebejos de representar. Oiga mi comandante chillar a los reyes, príncipes y senescales al ver cómo arden sus tronos, sus coronas y mantos de armiño. ¡Cáspita, cómo graznan las princesas y archipámpanas! Voy abajo a ver si esa canalla llora aquí tan bien como en el teatro... El jefe de la compañía da unos gritos... ¿Oye mi comandante?... Vuelvo abajo a verlos partir.

Claramente oí aquella entre las demás voces irritadas, y lo más extraño es que su timbre, aunque lejano y desfigurado por la ira, me hizo estremecer. Yo conocía aquella voz.

Levanteme precipitadamente y vestime a toda prisa; pero los ruidos extinguiéronse poco a poco, indicando que las pobres víctimas de una cruel burla de soldados, salían a toda prisa de la venta. Cuando yo salía, entró Tribaldos y me dijo: