—Aquella era la ocasión más propia para confiarle mis deseos. Después de repetir que no le abandonaría, díjele que debía reconciliarse con mi madre. Recibió al principio muy mal la advertencia; mas tanto rogué y supliqué, que al fin consintió en escribir una carta. Empecela yo, y como en ella pusiera no recuerdo qué palabras pidiendo perdón, enfureciose mucho, y dijo: «¿Pedir perdón, pedirle perdón? Antes morir.» Por último, quitando y poniendo frases, di fin a la epístola; mas al día siguiente le vi bastante cambiado en sus disposiciones conciliadoras; y ¿qué creerás, amigo mío?... Pues rompió la carta, diciéndome: «Más adelante la escribiremos, más adelante. Aguardemos un poco.» Esperé con santa resignación; y hallándonos en Plasencia, hice una nueva tentativa. Él mismo escribió la carta, empleando en ella no menos de cuatro horas; y ya la íbamos a enviar a su destino, cuando uno de esos aborrecidos hombres que le acompañan entró diciéndole que la policía francesa le buscaba y le perseguía por gestiones de una alta señora de Madrid. ¡Ay, Gabriel! Cuando tal supo, renovose en él la cólera y amenazó a todo el género humano. No necesito decirte que ni enviamos la carta, ni habló más del asunto en algunos días. Pero yo insistía en mi propósito. Al volver a Salamanca le manifesté la necesidad de la reconciliación: enfadose conmigo; díjele que me marcharía a Madrid: abrazome, lloró, gimió, arrojose a mis pies como un insensato, y al fin, hijo, al fin escribimos la tercera carta: la escribí yo misma. Por último, mi adorada madre iba a saber noticias de su pobre hija. ¡Ay! aquella noche mi padre y yo charlamos alegremente; hicimos dulces proyectos; maldijimos juntos a todos los masones de la tierra, a las revoluciones y a las guillotinas habidas y por haber; nos regocijamos con supuestas felicidades que habían de venir; nos contamos el uno al otro todas las penas de nuestra pasada vida... pero al siguiente día...

—Me presenté yo... ¿no es eso?

—Eso es... Ya conoces su carácter... Cuando te vio y conoció que ibas enviado por mi madre, cuando le injuriaste... Su ira era tan fuerte aquel día, que me causó miedo. «Ahí lo tienes —decía—: yo me dispongo a ser bueno con ella, y ella envía contra mí la policía francesa para mortificarme y un ladrón para privarme de tu compañía. Ya lo ves: es implacable... A Francia, nos iremos a Francia; vendrás conmigo. Esa mujer acabó para mí y yo para ella...» Lo demás lo sabes tú y no necesito decírtelo. ¡Esta mañana creímos morir aquí! ¡Cuánto he padecido en este horrible Babilafuente viéndole enfermo, tan enfermo, que no se restablecerá más; viéndonos amenazados por el populacho, que quería entrar para despedazarnos!... Y todo ¿por qué? Por la masonería, por esas simplezas y mojigangas que a nada conducen.

—A algo conducen, querida mía, y la semilla que tu padre y otros han sembrado, darán algún día su fruto. Sabe Dios cuál será.

—Pero él no es ateo, como otros, ni se burla de Dios. Verdad que suele nombrarle de un modo extraño, así como el Ser Supremo, o cosa parecida.

—Llámese Dios o Ser Supremo —exclamé volviendo a aprisionar entre mis manos las de mi adorada amiga—, ello es que ha hecho obras acabadas y perfectas, y una de ellas eres tú, que me confundes, que me empequeñeces y anonadas más cuanto más te trato y te hablo y te miro.

—Eres tonto de veras; pues ¿qué he hecho que no sea natural? —preguntome sonriendo.

—Para los ángeles es natural existir sin mancha, inspirar las buenas acciones, ensalzar a Dios, llevar al cielo las criaturas, difundir el bien por el mundo pecador. ¿Que qué has hecho? Has hecho lo que yo no esperaba ni adivinaba, aunque siempre te tuve por la misma bondad; has amado a ese infeliz, al más infeliz de los hombres, y este prodigio que ahora, después de hecho, me parece tan natural, antes me parecía una aberración y un imposible. Tú tienes el instinto de lo divino, y yo no; tú realizas con la sencillez propia de Dios las más grandes cosas, y a mí no me corresponde otro papel que el de admirarlas después de realizadas, asombrándome de mi estupidez por no haberlas comprendido... ¡Inesilla, tú no me quieres, tú no puedes quererme!

—¿Por qué dices eso? —preguntó con candor.

—Porque es imposible que me quieras, porque yo no te merezco.