Al decir esto, estaba tan convencido de mi inferioridad, que ni siquiera intenté abrazarla, cuando, cruzando ella las defensoras manos, parecía dejarme el campo libre para aquel exceso amoroso.
—De veras, parece que eres tonto.
—Pero, pues tu corazón no sabe sino amar, si no sabe otra cosa, aunque de mil modos le enseñe el mundo lo contrario, algo habrá para mí en un rinconcito.
—¿Un rinconcito...? ¿De qué tamaño?
—¡Qué feliz soy! Pero te digo la verdad, quisiera ser desgraciado.
No me contestó sino riéndose, burlándose de mí con un descaro...
—Quiero ser desgraciado para que me ames como has amado a tu padre, para que te desvivas por mí, para que te vuelvas loca por mí, para que... ¿Pero te ríes, todavía te ríes? ¿Acaso estoy diciendo tonterías?
—Más grandes que esta casa.
—Pero, hija, si estoy aturdido. Dime tú, que todo lo sabes, si hay alguna manera extraordinaria de querer, una manera nueva, inaudita...
—Así, así siempre, basta... Ni es preciso tampoco que seas desgraciado. No, dejémonos de desgracias, que bastantes hemos tenido. Pidamos a Dios que no haya más batallas en que puedas morir.