—¡Yo quiero morir! —exclamé sintiendo que el puro y extremado afecto llevaba mi mente a mil raras sutilezas y tiquismiquis, y mi corazón a incomprensibles y quizás ridículos antojos.

—¡Morir! —exclamó ella con tristeza—. ¿Y a qué viene ahora eso? ¿Se puede saber, señor mío querido?

—Morir quiero para verte llorar por mí... pero en verdad, esto es absurdo, porque si muriera, ¿cómo podría verte? Dime que me amas, dímelo.

—Esto sí que está bueno. Al cabo de la vejez...

—Si nunca me lo has dicho... Puede que quieras sostener que me lo has dicho.

—¿Que no? —dijo con jovialidad encantadora—. Pues no.

No sé qué más iba a decir ella; pero indudablemente pensó decir algo, más dulce para mí que las palabras de los ángeles, cuando sonó en la estancia una ronca voz.

—No, no te vas, paloma, sin abrazar a tu marido —exclamé estrujando aquel lindo cuerpo, que se escapó de mis brazos para volar al lado del enfermo.

XXX

Acerqueme a la puerta de la triste alcoba. Santorcaz no me veía, porque su atención estaba fatigada y torpe a causa del mal, y la estancia medio a oscuras.