—Alguien anda por ahí —dijo el masón, besando las manos de su hija—. Me pareció sentir la voz de ese tunante de Gabriel.

—Padre, no hables mal de los que nos han hecho un beneficio; no tientes a Dios, no le provoques.

—Yo también le he hecho beneficios, y ya ves cómo me paga: prendiéndome.

—Araceli es un buen muchacho.

—¡Sabe Dios lo que harán conmigo esos verdugos! —exclamó el infeliz dando un suspiro—. Esto se acabó, hija mía.

—Se acabaron, sí, las locuras, los viajes, las logias, que solo sirven para hacer daño —afirmó Inés abrazando a su padre—. Pero subsistirá el amor de tu hija, y la esperanza de que viviremos todos, todos felices y tranquilos.

—Tú vives de dulces esperanzas —dijo—; yo de tristes o funestos recuerdos. Para ti se abre la vida; para mí, lo contrario. Ha sido tan horrible, que ya deseo se cierre esa puerta negra y sombría, dejándome fuera de una vez... Hablas de esperanzas: ¿y si estos déspotas me sepultan en una cárcel, si me envían a morir a cualquiera de esos muladares del África...?

—No te llevarán; respondo de que no te llevarán, padrito.

—Pero cualquiera que sea mi suerte, será muy triste, niña de mi alma... Viviré encerrado; y tú... ¿tú qué vas a hacer? Te verás obligada a abandonarme... Pues qué, ¿vas a encerrarte en un calabozo?

—Sí: me encerraré contigo. Donde tú estés, allí estaré yo —replicó la muchacha con cariño—. No me separaré de ti; no te abandonaré jamás, ni iré... no: no iré a ninguna parte donde tú no puedas ir también.