No oí voz alguna, sino los sollozos del pobre enfermo.

—Pero, en cambio, padrito —continuó ella en tono de amonestación afectuosa—, es preciso que seas bueno, que no tengas malos pensamientos, que no odies a nadie, que no hables de matar gente, pues Dios tiene buena mano para hacerlo; que desistas de todas esas majaderías que te han trastornado la cabeza, y no pierdas la tranquilidad y la salud porque haya un rey de más o de menos en el mundo; ni hagas caso de los frailes ni de los nobles, los cuales, padre querido, no se van a suprimir y a aniquilarse porque tú lo desees, ni porque así lo quiera el mal humor del señor Canencia, del Sr. Monsalud y del Sr. Ciruelo... He aquí tres que hablan mal de los nobles, de los poderosos y de los reyes, porque, hasta ahora, ningún rey ni ningún señor han pensado en arrojarles un pedazo de pan para que callen, y otro para que griten en favor suyo... ¿Conque serás bueno? ¿Harás lo que te digo? ¿Olvidarás esas majaderías?... ¿Me querrás mucho a mí y a todos los que me aman?

Diciendo esto, arreglaba las ropas del lecho, acomodaba en las almohadas la venerable y hermosa cabeza de Santorcaz, destruía los dobleces y durezas que pudieran incomodarle, todo con tanto cariño, solicitud, bondad y dulzura, que yo estaba encantado de lo que veía. Santorcaz callaba y suspiraba, dejándose tratar como un chico. Allí la hija parecía, más que hija, una tierna madre, que se finge enojada con el precioso niño porque no quiere tomar las medicinas.

—Me convertirás en un chiquillo, querida —dijo el enfermo—. Estoy conmovido... quiero llorar. Pon tu mano sobre mi frente para que no se me escape esa luz divina que tengo dentro del cerebro... pon tu mano sobre mi corazón y aprieta. Me duele de tanto sentir. ¿Has dicho que no te separarás de mí?

—No: no me separaré.

—¿Y si me llevan a Ceuta?

—Iré contigo.

—¡Irás conmigo!

—Pero es preciso ser bueno y humilde.

—¿Bueno? ¿Tú lo dudas? Te adoro, hija mía. Dime que soy bueno; dime que no soy un malvado, y te lo agradeceré más que si me vinieras a llamar de parte del Ser Sup... de parte de Dios, decimos los cristianos. Si tú me dices que soy un hombre bueno, que no soy malo, tendré por embusteros a los que se empeñan en llamarme malvado.