—¿Quién duda que eres bueno? Para mí al menos.
—Pero a ti te he hecho algún daño.
—Te lo perdono, porque me amas, y sobre todo porque me sacrificas tus pasiones, porque consientes que sea yo la destinada a quitarte esas espinas que desde hace tanto tiempo tienes clavadas en el corazón.
—¡Y cómo punzan! —exclamó con profunda pena el infeliz masón—. Sí: quítamelas, quítamelas todas con tus manos de ángel; quítalas una a una, y esas llagas sangrientas se restañarán por sí... ¿De modo que yo soy bueno?
—Bueno, sí: yo lo diré así a quien crea lo contrario, y espero que se convencerán cuando yo lo diga. Pues no faltaba más... La verdad es lo primero. Ya verás cuánto te van a querer todos, y qué buenas cosas dirán de ti. Has padecido: yo les contaré todo lo que has padecido.
—Ven —murmuró Santorcaz con voz balbuciente, alargando los brazos para coger en sus manos trémulas la cabeza de su hija—. Trae acá esa preciosa cabeza que adoro. No es una cabeza de mujer, es de ángel. Por tus ojos mira Dios a la tierra y a los hombres, satisfecho de su obra.
El anciano cubrió de besos la hermosa frente, y yo por mi parte no ocultaré que deseaba hacer otro tanto. En aquel momento di algunos pasos y Santorcaz me vio. Advertí súbita mudanza en la expresión de su semblante, y me miró con disgusto.
—Es Gabriel, nuestro amigo, que nos defiende y nos protege —dijo Inés—. ¿Por qué te asustas?
—Mi carcelero... —murmuró Santorcaz con tristeza—. Me había olvidado de que estoy preso.
—No soy carcelero, sino amigo —afirmé adelantándome.