—Sr. Araceli —continuó él con voz grave—, ¿a dónde me llevan? ¡Oh, miserable de mí! Malo es caer en las garras de los satélites del despotismo... no, no, hija mía, no he dicho nada; quise decir que los soldados... no puedo negar que odio un poquillo a los soldados, porque sin ellos, ya ves, sin ellos no podrían los reyes... ¡malditos sean los reyes!... no, no, a mí no me importa que haya reyes, hija mía: allá se entiendan. Solo que... francamente, no puedo menos de aborrecer un poco a ese muchacho que quiso separarte de mí. Ya se ve, le mandaban sus amos... estos militares son gente servil que los grandes emplean para oprimir a los hijos del pueblo... No le puedo ver, ni tú tampoco, ¿es verdad?

—No solo le puedo ver, sino que le estimo mucho.

—Pues que entre... Araceli... también yo te estimé en otro tiempo. Inés dice que eres un buen muchacho... Será preciso creerlo... Puesto que ella te estima, ¿sabes lo que yo haría? Exceptuarte a ti solo, a ti solito; ponerte a un lado, y a todos los demás enviarlos a la guillot... no, no he dicho nada... Si otros la quieren levantar, háganlo en buen hora; yo no haré más que ver y aplaudir... no, no, no aplaudiré tampoco: váyanse al diablo las guillotinas.

—Padre —dijo Inés—, da la mano a Araceli, que se marchará a sus quehaceres, y ruégale que vuelva a vernos después. ¡Ay! dicen que va a darse una batalla: ¿no sientes que le suceda alguna desgracia?

—Sí, seguramente —dijo Santorcaz estrechándome la mano—. ¡Pobre joven! La batalla será muy sangrienta, y lo más probable es que muera en ella.

—¿Qué dices, padre? —preguntó Inés con terror.

—La mejor batalla del mundo, hija mía, será aquella en que perezcan todos, todos los soldados de los dos ejércitos contendientes.

—¡Pero él no, él no! Me estás asustando.

—Bueno, bueno, que viva él... que viva Araceli. Joven, mi hija te estima, y yo... yo también... también te estimo. Así es que Dios hará muy bien en conservar tu preciosa vida. Pero no servirás más a los verdugos del linaje humano, a los opresores del pueblo, a los que engordan con la sangre del pueblo, a los pícaros frailes y...

—¡Jesús! estás hablando como Canencia, ni más ni menos.