—No he dicho nada; pero este Araceli... a quien estimo... nos aborrece, querida mía; quiere separarnos: es agente y servidor de una persona...
—A quien estimas también, padre.
—De una persona... —continuó el masón, poniéndose tan pálido que parecía cadáver.
—A quien amas, padre —añadió la muchacha rodeando con sus brazos la cabeza del pobre enfermo—; a quien pedirás perdón... por...
El rostro de Santorcaz encendiose de repente con fuerte congestión; sus ojos despidieron rayo muy vivo, incorporose en el lecho y, estirando los brazos y cerrando los puños y frunciendo el terrible ceño, gritó:
—¡Yo!... pedirle perdón... pedirle perdón yo... ¡Jamás, jamás!
Diciendo esto, cayó en el lecho como cuerpo del que súbitamente y con espanto huye la vida.
Inés y yo acudimos a socorrerle. Balbucía frases ardorosas... llamaba a Inés creyéndola ausente; la miraba con extravío; me despedía con gritos y amenazas, y, finalmente, se tranquilizó cayendo en pesado sopor.
—Otra vez será —me dijo Inés con los ojos llenos de lágrimas—. No desconfío. Haz lo que dijimos. Escríbele esta tarde mismo.
—Le escribiré, y vendrá en seguida a Salamanca. Prepárate a marchar allá con tu enfermo.