—No lo dudo. Los franceses están hacia Cavarrasa. ¿Cuándo será?
—Mañana... Parece que os alegráis —dijo mostrando un temor femenino que me sorprendió, conociendo como conocía su varonil arrojo.
—Y usted también se alegrará, señora. Un alma como la de usted, para sostenerse a su propia altura, necesita estos espectáculos grandiosos, el inmenso peligro seguido de la colosal gloria. Nos batiremos, señora, nos batiremos con el Imperio, con el enemigo común, como dicen en Inglaterra, y le derrotaremos.
Athenais no me contestó, como esperaba, con ningún arrebato de entusiasmo, y la poesía de los romances parecía haberse replegado con timidez y vergüenza quizás en lo más escondido de su alma.
—Será una gran batalla y ganaremos —dijo con abatimiento—; pero... morirá mucha gente. ¿No os ocurre que podéis morir vos?
—¿Yo?... ¿y qué importa? ¿Qué importa la vida de un miserable soldado, con tal que quede triunfante la bandera?
—Es verdad; pero no debéis exponeros... —dijo con cierta emoción—. Dicen que la división española no se batirá.
—Señora, no conozco a usted; no es usted Miss Fly.
—Voy creyendo lo que decís —afirmó clavando en mí los dulces ojos azules—; voy creyendo que no soy yo Miss Fly... Oíd bien, Araceli, lo que voy a deciros. Si no entráis en fuego mañana, como espero, avisádmelo... Adiós, adiós.
—Pero aguarde usted un momento, Miss Fly —dije procurando detenerla.