—No, no puedo. Sois muy indiscreto... Si supiérais lo que dicen... Adiós, adiós.

Dando algunos pasos hacia ella, la llamé repetidas veces; mas en el mismo instante vi un coche o silla de postas que se paraba delante de mí en mitad del camino; vi que por la portezuela aparecía una cara, una mano, un brazo... ¡Si era la condesa!... ¡Dios poderoso, qué inmensa alegría! Era la condesa que detenía su coche delante de mí, que me buscaba con la vista, que me llamaba con un lindo gesto, que iba a decir sin duda dulcísimas cosas. Corrí hacia ella loco de alegría.

XXXII

Antes de referir lo que hablamos, conviene que diga algo del lugar y momento en que tales hechos pasaban, porque una cosa y otra interesan igualmente a la historia y a la relación de los sucesos de mi vida que voy refiriendo. El 21 por la tarde pasamos el Tormes, los unos por el puente de Salamanca, los otros por los vados inmediatos. Los franceses, según todas las conjeturas, habían pasado el mismo río por Alba de Tormes, y se encontraban al parecer en los bosques que hay más allá de Cavarrasa de Arriba. Formamos nosotros una no muy extensa línea, cuya izquierda se apoyaba junto al vado de Santa Marta, y la derecha en el Arapil Chico, junto al camino de Madrid. Una pequeña división inglesa con algunas tropas ligeras ocupaba el lugar de Cavarrasa de Abajo, punto el más avanzado de la línea anglo hispano-portuguesa.

En la falda del Arapil Chico, y al borde del camino, fue donde se me apareció Athenais, que volvía a caballo de Cavarrasa, y pocos instantes después la señora condesa, mi adorada protectora y amiga. Corrí hacia ella, como he dicho, y con la más viva emoción besé sus hermosas manos, que aún asomaban por la portezuela. El inmenso gozo que experimenté apenas me dejó articular otras voces que las de «Madre y señora mía», voces en que mi alma, con espontaneidad y confianza sumas, esperaba iguales manifestaciones cariñosas de parte de ella. Mas, con amargura y asombro, advertí en los ojos de la condesa desdén, enojo, ira, ¡qué sé yo!... una severidad inexplicable que me dejó absorto y helado.

—¿Y mi hija? —preguntó con sequedad.

—En Salamanca, señora —repuse—. No podría usted llegar más a tiempo. Tribaldos, mi asistente, acompañará a usted. Ha sido casualidad que nos hayamos encontrado aquí.

—Ya sabía que estabas en este sitio que llaman el Arapil Chico —me dijo con el mismo tono severo, sin una sonrisa, sin una mirada cariñosa, sin un apretón de manos—. En Cavarrasa de Abajo, donde me detuve un instante, encontré a Sir Thomas Parr, el cual me dijo dónde estabas, con otras cosas acerca de tu conducta, que me han causado tanto asombro como indignación.

—¡Acerca de mi conducta, señora! —exclamé con dolor tan vivo como si una hoja de acero penetrara en mi corazón—. Yo creía que en mi conducta no había nada que pudiera desagradar a usted.

—Conocí en Cádiz a Sir Thomas Parr, y es un caballero incapaz de mentir —añadió ella con indecible resplandor de ira en los ojos, que tanta ternura habían tenido en otro tiempo para mí—. Has seducido a una joven inglesa; has cometido una iniquidad, una violencia, una acción villana.