—¡Yo, señora, yo!... ¿Este hombre honrado que ha dado tantas pruebas de su lealtad?... ¿Este hombre ha hecho tales maldades?
—Todos lo dicen... No me lo ha dicho solo Sir Thomas Parr, sino otros muchos: me lo dirá también Wellesley.
—Pues si Wellesley lo afirmara —repliqué con desesperación—; si Wellesley lo afirmara, yo le diría...
—Que miente...
—No: el primer caballero de Inglaterra, el primer general de Europa, no puede mentir; es imposible que el Duque diga semejante cosa.
—Hay hechos que no pueden disimularse —añadió con pena—, que no pueden desfigurarse. Dicen que la persona agraviada se dispone a pedir que se te obligue al cumplimiento de las leyes inglesas sobre el matrimonio.
Al oír esto, una hilaridad expansiva y una terrible indignación cruzaron sus diversos efectos en mi alma, como dos rayos que se encuentran al caer sobre un mismo objeto, y por un instante se lo disputan. Me reí y estuve a punto de llorar de rabia.
—Señora, me han calumniado. Es falso, es mentira que yo... —grité introduciendo por la portezuela del coche, primero la cabeza y después medio cuerpo—. Me volveré loco si usted, si esta persona a quien respeto y adoro, a quien no podré jamás engañar, da valor a tan infame calumnia.
—¿Conque es calumnia?... —dijo con verdadero dolor—. Jamás lo hubiera creído en ti... Vivimos para ver cosas horribles... Pero dime, ¿veré a mi hija en seguida?
—Repito que es falso. Señora, me está usted matando; me impulsará usted a extremos de locura, de desesperación.