—¿Nadie me estorbará que la recoja, que la lleve conmigo? —preguntó con afán y sin hacer caso del frenesí que me dominaba—. Que venga tu asistente. No puedo detenerme. ¿No decías en tu carta que todo estaba arreglado? ¿Ha muerto ese verdugo? ¿Está mi hija sola?... ¿Me espera?... ¿Puedo llevármela?... Responde.
—No sé, señora; no sé nada; no me pregunte usted nada —dije confundido y absorto—. Desde el momento en que usted duda de mí...
—Y mucho... ¿En quién puede tenerse confianza?... Déjame seguir... Tú ya no eres el mismo para mí.
—¡Señora, señora, no me diga usted eso, porque me muero! —exclamé con inmensa aflicción.
—Bueno: si eres inocente, tiempo tienes de probármelo.
—No... no... Mañana se da una gran batalla. Puedo morir. Moriré irritado y me condenaré... ¡Mañana! ¡Sabe Dios dónde estaré mañana! Usted va a Salamanca, verá y hablará a su hija; entre las dos fraguarán una red de sospechas y falsos supuestos, donde se enmarañe para siempre la memoria del infeliz soldado, que agonizará quizás dentro de algunas horas en este mismo sitio donde nos encontramos. Es posible que no nos veamos más... Estamos en un campo de batalla. ¿Distingue usted aquellos encinares que hay hacia abajo? Pues allí detrás están los franceses. ¡Cuarenta y siete mil hombres, señora! Mañana este sitio estará cubierto de cadáveres. Dirija usted la vista por estos contornos. ¿Ve usted esa juventud de tres naciones? ¿Cuántos de estos tendrán vida mañana? Me creo destinado a perecer, a perecer rabiando, porque precipitará y amargará mi muerte la idea de haber perdido el amor da las dos personas a quienes he consagrado mi vida.
Mis palabras, ardientes como la voz de la verdad, hicieron algún efecto en la condesa, y la observé suspensa y conmovida. Tendió la vista por el campo, ocupado por tanta tropa, y luego cubriose el rostro con las manos, dejándose caer en el fondo del coche.
—¡Qué horror! —dijo—. ¡Una batalla! ¿No tienes miedo?
—Más miedo tengo a la calumnia.
—Si pruebas tu inocencia, creeré que he recobrado un hijo perdido.