—Sí, sí, lo recobrará usted —afirmé—. ¿Pero no basta que yo lo diga, no basta mi palabra?... ¿Nos conocemos de ayer? ¡Oh! Si a Inés se le dijera lo que a usted han dicho, no lo creería. Su alma generosa me habría absuelto sin oírme.
Una voz gritó:
—¡Ese coche, adelante o atrás!
—Adiós —dijo la condesa—, me echan de aquí.
—Adiós, señora —respondí con profunda tristeza—. Por si no nos vemos más, nunca más, sepa usted que en el último día de mi vida conservo, como un tesoro, los sentimientos de que he hecho gala en todos los instantes de mi vida ante usted y ante otra persona que a entrambos nos es muy cara. Agradezco a usted, hoy como ayer, el amor que me ha mostrado, la confianza que ha puesto en mí, la dignidad que me ha infundido, la elevación que ha dado a mi conciencia... No quiero dejar deudas... Si no nos vemos más...
El coche partió, obligado a ello por una batería, a la cual era forzoso ceder el paso. Cuando dejé de ver a la condesa, llevaba ella el pañuelo a los ojos para ocultar sus lágrimas.
Sofocado y aturdido por la pena angustiosa que llenaba mi alma, no reparé que el cuartel general venía por el camino adelante en dirección al Arapil Chico. El Duque y los de su comitiva echaron pie a tierra en la falda del cerro, dirigiendo sus miradas hacia Cavarrasa de Arriba. Llamó el Lord a los oficiales del regimiento de Ibernia, uno de los establecidos allí, y habiéndome presentado yo el primero, me dijo:
—¡Ah! Es usted el caballero Araceli...
—El mismo, mi general —contesté—, y si Vuecencia me permite en esta ocasión hablar de un asunto particular, le suplicaré que haga luz sin pérdida de tiempo sobre las calumnias que pesan sobre mí después de mi viaje a Salamanca. No puedo soportar que se me juzgue con ligereza, por las hablillas de gente malévola.
Lord Wellington, ocupado sin duda con asunto más grave, apenas me hizo caso. Después de registrar rápidamente todo el horizonte con su anteojo, me dijo casi sin mirarme: