—Sr. Araceli, solo puedo contestar a usted que estoy decidido a que la Gran Bretaña sea respetada.

Como yo no había dejado nunca de respetar a la Gran Bretaña, ni a las demás potencias europeas, aquel concepto, que encerraba sin duda una amenaza, me desconcertó un poco. Los oficiales generales que rodeaban al Duque, trabaron con él coloquio muy importante sobre el plan de batalla. Pareciéronme entonces inoportunas y aun ridículas mis reclamaciones, por lo cual, un poco turbado, contesté de este modo:

—¡La Gran Bretaña! No deseo otra cosa que morir por ella.

—Brigadier Pack —dijo vivamente Wellington a uno de los que le acompañaban—, en la ayudantía del 23 de línea, que está vacante, ponga usted a este joven español, que desea morir por la Gran Bretaña.

—Por la gloria y honor de la Gran Bretaña —repetí.

El brigadier Pack me honró con una mirada de protectora simpatía.

—La desesperación —me dijo luego Wellington—, no es la principal fuente del valor; pero me alegraré de ver mañana al Sr. de Araceli en la cumbre del Arapil Grande. Señor D. José Olawlor —añadió dirigiéndose a su íntimo amigo, que le acompañaba—, creo que los franceses se están disponiendo para adelantársenos mañana a ocupar el Arapil Grande.

El Duque manifestó cierta inquietud, y por largo tiempo su anteojo exploró los lejanos encinares y cerros hacia Levante. Poco se veía ya, porque vino la noche. Los cuerpos de ejército seguían moviéndose para ocupar las posiciones dispuestas por el General en Jefe, y me separé de mis compañeros de Ibernia y de la división española.

—Nosotros —me dijo España—, vamos al lugar de Torres, en la extrema derecha de la línea, más bien para observar al enemigo que para atacarle. ¡Plan admirable! El general Picton y el portugués d’Urban parece que están encargados de guardar el paso del Tormes, de modo que la situación de los franceses no puede ser más desventajosa. No falta más que ocupar el Arapil Grande.

—De eso se trata, mi general. La brigada Pack, a la cual desde hace un momento pertenezco, amanecerá mañana con la ayuda de Dios en la ermita de Santa María de la Peña, y después... Así lo exige el honor de la Gran Bretaña.