—Corred al cuartel general y decid al Lord lo que pasa.
Monté a caballo, y a todo escape me dirigí al cuartel general. Cuando bajaba la pendiente en dirección a las líneas del ejército aliado, distinguí muy bien las masas del ejército francés moviéndose sin cesar; pero entre el centro de uno y otro ejército no se disparaba aún ni un solo tiro. Todo el interés estaba todavía en aquella apartada escena del Arapil Grande; en aquello que parecía un detalle insignificante, un capricho del genio militar que a la sazón meditaba la gran batalla.
Cuando pasé junto a los diversos cuerpos de la línea aliada, llamó mi atención verles quietos y tranquilos esperando órdenes mano sobre mano. No había batalla; es más, no parecía que iba a haber batalla, sino simulacro. Pero los jefes, todos en pie sobre las elevaciones del terreno, sobre los carros de municiones y aun sobre las cureñas, observaban, ayudados de sus anteojos, la peripecia del Arapil Grande, junto a la ermita.
—¿Por qué toda esta gente no corre a ayudar al brigadier Pack? —me preguntaba yo lleno de confusiones.
Era que ni Wellington ni Marmont querían aparentar gran deseo de ocupar el Arapil Grande, por lo mismo que uno y otro consideraban aquella posición como la clave de la batalla. Marmont fingía movimientos diversos para desconcertar a Wellington; amenazaba correr hacia el Tormes para que el ojo imperturbable del capitán inglés se apartase del Arapil; luego afectaba retirarse como si no quisiera librar batalla, y en tanto Wellington, quieto, inmutable, sereno, atento, vigilante, permanecía en su puesto observando las evoluciones del francés, y sostenía con poderosa mano las mil riendas de aquel ejército que quería lanzarse antes de tiempo.
Marmont quería engañar a Wellington; pero Wellington no solo quería engañar, sino que estaba engañando a Marmont. Este se movía para desconcertar a su enemigo, y el inglés, atento a las correrías del otro, espiaba la más ligera falta del francés para caerle encima. Al mismo tiempo, afectaba no hacer caso del Arapil Grande, y colocó bastantes tropas en la derecha del Tormes para hacer creer que allí quería poner todo el interés de la batalla. En tanto, tenía dispuestas fuerzas enormes para un caso de apuro en el gran cerro. Pero ese caso de apuro, según él, no había llegado todavía, ni llegaría mientras hubiera carne viva en Santa María de la Peña. Eran las diez de la mañana, y fuera de la breve acción que he descrito, los dos ejércitos no habían disparado un tiro.
Cuando atravesé las filas, muchos jefes, apostados en distintos puntos, me dirigían preguntas a que era imposible contestar; y cuando llegué al cuartel general, vi a Wellington a caballo, rodeado de multitud de generales.
Antes de acercarme a él, ya había dicho yo expresivamente con el gesto, con la mirada:
—No se puede.
—¡Qué no se puede! —exclamó con calma imperturbable, después que verbalmente le manifesté lo que pasaba allá.