—Dominar el Arapil Grande.
—Yo no he mandado a Pack que dominara el Arapil Grande, porque es imposible —replicó—. Los franceses están muy cerca, y desde ayer tienen hechos mil preparativos para disputarnos esa posición, aunque lo disimulan.
—Entonces...
—Yo no he mandado a Pack que dominase por completo el cerro, sino que impidiese a los franceses que se establecieran allí definitivamente. ¿Se establecerán? ¿No existen ya el 23 de línea, ni el 3.º de cazadores, ni el 7.º de highlanders?
—Existen... un poco todavía, mi general.
—Con las fuerzas que han ido después basta para el objeto, que es resistir, nada más que resistir. Basta con que ni un francés pise la vertiente que cae hacia acá. Si no se puede dominar la ermita, no creo que falte gente para entretener al enemigo unas cuantas horas.
—En efecto, mi general —dije—. Por muy a prisa que se muera, ochocientos cuerpos dan mucho de sí. Se puede conservar hasta el mediodía lo que poseemos.
Cuando esto decía, atendiendo más a las lejanas líneas enemigas que a mí, observé en él un movimiento súbito; volviose al general Álava que estaba a su lado, y dijo:
—Esto cambia de repente. Los franceses extienden demasiado su línea. Su derecha quiere envolverme...
Una formidable masa de franceses se extendía hacia el Tormes, dejando un claro bastante notable entre ella y Cavarrasa. Era necesario ser ciego para no comprender que por aquel claro, por aquella juntura iba a introducir su terrible espada hasta la empuñadura el genio del ejército aliado.