En el mismo segundo una pistola se disparó sobre mí. Una bayoneta penetró en mi carne; no supe por dónde, pero sí que penetró. Ante mí había una figura lívida, un rostro cubierto de sangre, unos ojos que despedían fuego, unas garras que hacían presa en el asta de la bandera, y una boca contraída que parecía iba a comerse águila, trapo y asta, y a comerme también a mí. Decir cuánto odié a aquel monstruo, me es imposible: nos miramos un rato y luego forcejeamos. El cayó de rodillas: una de sus piernas no era pierna, sino un pedazo de carne. Pugné por arrancar de sus manos la insignia. Alguien vino en auxilio mío, y alguien le ayudó a él. Me hirieron de nuevo, me encendí en ira más salvaje aún, y estreché a la bestia apretándola contra el suelo con mis rodillas. Con ambas manos agarraba ambas cosas, el palo de la bandera y la espada. Pero esto no podía durar así, y mi mano derecha se quedó solo con la espada. Creí perder la bandera; pero el acero empujado por mí se hundía más cada vez en una blandura inexplicable, y un hilo de sangre vino derecho a mi rostro como una aguja. La bandera quedó en mi poder; pero de aquel cuerpo que se revolvía bajo el mío surgieron al modo de antenas, garras, o no sé qué tentáculo rabioso y pegajoso, y una boca se precipitó sobre mí clavando sus agudos dientes en mi brazo con tanta fuerza, que lancé un grito de dolor.

Caí abrazado y constreñido por aquel dragón, pues dragón me parecía. Me sentí apretado por él, y rodamos por no sé qué declives de tierra, entre mil cuerpos, los unos muertos e inertes, los otros vivos y que corrían. Yo no vi más: solo sentí que en aquel rodar veloz llevaba el águila fuertemente cogida entre mis brazos. La boca terrible del monstruo apretaba cada vez más mi brazo, y me llevaba consigo, los dos envueltos, confundidos, el uno sobre el otro y contra el otro, bajo mil patas que nos pisaban; entre la tierra que nos cegaba los ojos; entre una oscuridad tenebrosa; entre un zumbido tan grande, como si todo el mundo fuese un solo abejón; sin conciencia de lo que era arriba y abajo; con todos los síntomas confusos y vagos de haberme convertido en constelación, en una como criatura circunvoladora, en la cual todos los miembros, todas las entrañas, toda la carne y sangre y nervios dieran vueltas infinitas y vertiginosas alrededor del ardiente cerebro.

Yo no sé cuánto tiempo estuve rodando: debió de ser poco; pero a mí me pareció algo al modo de siglos. Yo no sé cuándo paré; lo que sé es que el monstruo no dejaba de formar conmigo una sola persona, ni su feroz boca de morderme... Por último, no se contentaba con comerme el brazo, sino que, al parecer, hundía su envenenado diente en mi corazón. Lo que también sé es que el águila seguía sobre mi pecho: yo la sentía. Sentía el asta cual si la tuviera clavada en mis entrañas. Mi pensamiento se hacía cargo de todo con extravío y delirio, porque él mismo era una luz ardiente que caía no sé de dónde, y en la inapreciable velocidad de su carrera describía una raya de fuego, una línea sin fin, que... tampoco sé a dónde iba. ¡Tormento mayor no lo experimenté jamás! Este se acabó cuando perdí toda noción de existencia. La batalla de los Arapiles concluyó, al menos para mí.

XXXVII

Dejadme descansar un instante, y luego contestaré a las preguntas que se me dirigen. Yo no recobré el sentido en un momento, sino que fui entrando poco a poco en la misteriosa claridad del conocer; fui renaciendo poco a poco, con percepciones vagas; fui recobrando el uso de algunos sentidos, y había dentro de mí una especie de aurora, pero muy lenta, sumamente lenta y penosa. Me dolía la nueva vida; me mortificaba como mortifica al ciego la luz que en mucho tiempo no ha visto. Pero todo era turbación. Veía algunos objetos, y no sabía lo que eran; oía voces, y tampoco sabía lo que eran. Parecía haber perdido completamente la memoria.

Yo estaba en un sitio (porque indudablemente era un sitio del globo terráqueo); yo veía formas en torno a mí, pero no sabía que las paredes fueran paredes, ni que el techo fuese techo; oía los lamentos, pero desconocía aquellas vibraciones quejumbrosas que lastimaban mi oído. Delante, muy cerca, frente por frente a mí, vi una cara. Al verla, mi espíritu hizo un esfuerzo para apreciar la forma visible; pero no pudo. Yo no sabía qué cara era aquella: lo ignoraba, como se ignora lo que piensa otro. Pero la cara tenía dos ojos hermosísimos que me miraban amorosamente. Todo esto se determinaba en mí por sentimiento, porque ¿entender?... no entendía nada. Así es que, por sentimiento, adiviné en la persona que tenía delante una como tendencia compasiva, tierna y cariñosa hacia mí.

Pero lo más extraño es que aquel cariño, que pendía sobre mí, protegiéndome como un Ángel de la Guarda, tenía también voz, y la voz vibró en los espacios, agitando todas las partículas del aire, y con las partículas del aire, todos los átomos de mi ser, desde el centro del corazón hasta la punta del cabello. Oí la voz que decía:

—Estáis vivo, estáis vivo... y estaréis también sano.

El hermoso semblante se puso tan alegre, que yo también me alegré.

—¿Me conocéis? —dijo la voz.