No debí de contestar nada, porque la voz repitió la pregunta. Mi sensibilidad era tan grande, que cada palabra, cual hoja acerada, me atravesaba el pecho. El dolor, la debilidad, me vencieron de nuevo, sin duda porque había hecho esfuerzos de atención superiores a mi estado, y recaí en el desvanecimiento. Cerrando los ojos, dejé de oír la voz. Entonces experimenté una molestia material. Un objeto extraño rozaba mi frente, cayéndome sobre los ojos. Como si el ángel protector lo adivinara, al punto noté que me quitaban aquel estorbo. Era mi cabello en desorden que me caía sobre la frente y las cejas. Sentí una tibia suavidad cariñosa, que debía de ser una mano, la cual desembarazó mi frente del contacto enojoso.
Poco después (continuaba con los ojos cerrados) me pareció que por encima de mi cabeza revoloteaba una mariposa, y que después de trazar varias curvas y giros, en señal de indecisión, se posaba sobre mi frente. Sentí sus dos alas abatidas sobra mi piel; pero las alas eran calientes, pesadas y carnosas: estuvieron largo rato impresas en mí, y luego se levantaron, produciendo cierto rumor, un suave estallido que me hizo abrir los ojos.
Si rápidamente los abrí, más rápidamente huyó el alado insecto. Pero la misma cara de antes estaba tan cerca de la mía, tan cerca, que su calor me molestaba un poco. Había en ella cierto rubor. Al verla, mi espíritu hizo un esfuerzo, un gran esfuerzo, y se dijo: «¿Qué rostro es este? Creo que conozco este rostro.»
Pero no habiendo resuelto el problema, se resignó a la ignorancia. La voz sonó entonces de nuevo, diciendo con acento patético:
—¡Vivid, vivid por Dios!... ¿Me conocéis? ¿Qué tal os sentís? No tenéis heridas graves... habéis contraído un ataque cerebral; pero la fiebre ha cedido... Viviréis, viviréis sin remedio, porque yo lo quiero... Si la voluntad humana no resucitara los muertos, ¿de qué serviría?
En el fondo, allá en el fondo de mi ser, no sé qué facultad, saliendo entumecida de profundo sopor, emitió misteriosas voces de asentimiento.
—¿No me veis? —continuó ella (repito que yo no sabía quién era)—. ¿Por qué no me habláis? ¿Estáis enfadado conmigo? Imposible, porque no os he ofendido... Si no os vi, si no os hablé con más frecuencia en los últimos días, fue porque no me lo permitían. Ha faltado poco para que me enviasen a mi país dentro de una jaula... Pero no me pueden impedir que cuide a los heridos, y estoy aquí velando por vos... ¡Cuánto he penado esperando a que abrieseis los ojos!
Sentí mi mano estrechada con fuerza. El rostro se apartó de mí.
—¿Tenéis sed? —dijo la voz.
Quise contestar con la lengua; pero el don de la palabra me era negado todavía. De algún modo, no obstante, me expliqué afirmativamente, porque el ángel tutelar aplicó una taza a mis labios. Aquello me produjo un bienestar inmenso. Cuando bebía, apareció otra figura delante de mí. Tampoco sabía precisamente quién era; pero dentro, muy dentro de mí, bullía inquieta una chispa de memoria, esforzándose en explicarme con su indeciso resplandor el enigma de aquel otro ser flaco, escuálido, huesoso, triste, de cuyo esqueleto pendía negro traje talar semejante a una mortaja. Cruzando sus manos, me miró con lástima profunda. La mujer dijo entonces: