—Hermano, podéis retiraros a cuidar de los otros heridos y enfermos. Yo le velaré esta noche.

De dentro de aquella funda negra que envolvía los huesos vivos de un hombre, salió otra voz que dijo:

—¡Pobre Sr. D. Gabriel de Araceli! ¡En qué estado tan lastimoso se halla!

Al oír esto, mi espíritu experimentó un gran alborozo. Se regocijó, se conmovió todo, como debió conmoverse el de Colón al descubrir el Nuevo Mundo. Gozándose en su gran conquista, pensó mi espíritu así: «¿Conque yo me llamo Gabriel Araceli?... Luego yo soy uno que se halló en la batalla de Trafalgar y en el 2 de mayo... Luego yo soy aquel que...»

Este esfuerzo, el mayor de los que hasta entonces había hecho, me postró de nuevo. Sentime aletargado. Se extinguía la claridad; venía la noche. Luz rojiza, procedente de triste farol, iluminaba aquel hueco donde yo estaba. El hombre había desaparecido, y solo quedó la hermosa mujer. Por largo rato estuvo mirándome sin decirme cosa alguna. Su imagen muda, triste y fija delante de mí, cual si estuviese pintada en un lienzo, fue borrándose y desvaneciéndose a medida que yo me sumergía de nuevo en aquella noche oscura de mi alma, de cuyo seno sin fondo poco antes saliera. Dormí no sé cuánto tiempo, y al volver en mi acuerdo, había ganado poco en la claridad de mis facultades. El estupor seguía, aunque no tan denso. El deshielo iba muy despacio.

Mi protectora angelical no se había apartado de mí, y después de darme a beber una substancia que me causara gran alivio y reanimación, acomodó mi cabeza en la almohada, y me dijo:

—¿Os sentís mejor?

Un soplo corrió de mi cerebro a mis labios, que articularon:

—Sí.

—Ya se conoce —añadió la voz—. Vuestra cara es otra. Creo que va desapareciendo la fiebre.