Contesté segunda vez que sí. En la estupidez que me dominaba, no sabía decir otra cosa, y me deleitaba el usar constantemente el único tesoro adquirido hasta entonces en los inmensos dominios de la palabra. El sí es vocabulario completo de los idiotas. Para contestar a todo que sí, para dar asentimiento a cuanto existe, no es necesario raciocinio ni comparación, ni juicio siquiera. Otro ha hecho antes el trabajo. En cambio, para decir no es preciso oponer un razonamiento nuevo al de aquel que pregunta, y esto exige cierto grado de inteligencia. Como yo me encontraba en los albores del raciocinio, contestar negativamente habría sido un portento de genio, de precocidad, de inspiración.

—Esta noche habéis dormido muy tranquilo —dijo la voz de mi enfermera—. Pronto estaréis bien. Dadme vuestras manos, que están algo frías: os las calentaré.

Cuando lo hacía, un rayo pasó por mi mente, pero tan débil, tan rápido, que no era todavía certeza, sino un presentimiento, una esperanza de conocer, un aviso precursor. En mi cerebro se desembrollaba la madeja; pero tan despacio, tan despacio...

—Me debéis la vida... —continuó la voz perteneciente a la persona cuyas manos apretaban y calentaban las mías—, me debéis la vida.

La madeja de mi cerebro agitó sus hilos: tal esfuerzo hacía para desenredarlos, que estuvo a punto de romperlos.

—En vuestro delirio —prosiguió— se os han escapado palabras muy lisonjeras para mí. El alma, cuando se ve libre del imperio de la razón, se presenta desnuda y sin mordaza: enseña todas sus bellezas, y dice todo lo que sabe. Así la vuestra no me ha ocultado nada... ¿Por qué me miráis con esos ojos fijos, negros y tristes como noches? Si con ellos me suplicáis que lo diga, lo diré, aunque atropelle la ley de las conveniencias. Sabed que os amo.

La madeja entonces tiró tan fuertemente de sus hilos, que se iba a romper, se rompía sin remedio.

—No necesitaría decíroslo, porque ya lo sabéis —continuó después de larga pausa—. Lo que no sabéis es que os amaba antes de conoceros... Yo tenía una hermana gemela más hermosa y más pura que los ángeles. Apuesto a que no sabéis nada de esto... Pues bien: un libertino la engañó, la sedujo, la robó a Dios y a su familia, y mi pobrecita, mi adorada, mi idolatrada Lillian, tuvo un momento de desesperación y se dio a sí propia la muerte. El mayor de mis hermanos persiguió al malvado, autor de nuestra vergüenza: ambos fueron una noche a orillas del mar, se batieron, y mi pobre Carlos cayó para no levantarse más. Poco después mi madre, trastornada por el dolor, se fue desprendiendo de la tierra, y en una mañana del mes de mayo nos dijo adiós y huyó al cielo. Seguramente nada sabíais de esto.

Continuaba siendo idiota, y contesté que sí.

—Después de estos acontecimientos, sobre la haz de la tierra existía un hombre más aborrecido que Satanás. Para mí su solo nombre era una execración. Le odiaba de tal modo, que si le viera arrepentido y caminando al cielo, mis labios no hubieran pronunciado para él una palabra de perdón. Figurándomele cadáver, le pisoteaba...