La madeja daba unas vueltas, unos giros, y hacía tales enredos y embrollos, que me dolía el cerebro vivamente. Allí había un hilo tirante y rígido, el cual, doliéndome más que los demás, me hizo decir:

—Soy Araceli, el mismo que se halló en Trafalgar, y naufragó en el Rayo y vivió en Cádiz... En Cádiz hay una taberna, de que es amo el Sr. Poenco.

—Un día —prosiguió—, hallándome en España, a donde vine siguiendo a mi segundo hermano, dijéronme que aquel hombre había sido muerto por otro en duelo de honor. Pregunté con tanto anhelo, con tan profunda curiosidad el nombre del vencedor, que casi lo supe antes que lo revelaran. Me dijeron vuestro nombre; me refirieron algunos pormenores del caso, y desde aquel momento, ¿por qué ocultarlo?, os adoré.

Mi espíritu hizo inexplicables equilibrios sobre dos imágenes grotescas; y puestos en una balanza dos figurones llamados Poenco y D. Pedro del Congosto, el uno subía mientras el otro bajaba. En aquel instante debí decir algo más substancioso que los primitivos síes, porque ella (yo continuaba ignorando quién era) puso la mano sobre mi frente, y habló así:

—Me adivinabais sin duda, me veíais desde lejos con los ojos del corazón. Yo os busqué durante muchos meses. Tanto tardasteis en parecer, que llegué a creeros desprovisto de existencia real. Yo leía romances, y todos a vos los aplicaba. Érais el Cid, Bernardo del Carpio, Zaide, Abenámar, Celindos, Lanzarote del Lago, Fernán González y Pedro Ansúrez... Tomábais cuerpo en mi fantasía, y yo cuidaba de haceros crecer en ella; pero mis ojos registraban la tierra y no podían encontraros. Cuando os encontré, me pareció que os achicabais; pero os vi subir de pronto y tocar el altísimo punto de talla con que yo os había medido. Hasta entonces, cuantos hombres traté, o se burlaban de mí o no me comprendían. Vos tan solo me mirasteis cara a cara y afrontasteis las excelsas temeridades de mi pensamiento sin asustaros. Os vi espontáneamente inclinado a la realización de acciones no comunes. Asocieme a ellas, quise llevaros más adelante todavía, y me seguisteis ciegamente. Vuestra alma y la mía se dieron la mano y tocaron su frente la una con la otra, para convencerse de que eran las dos de un mismo tamaño. La luz de entrambos se confundía en una sola.

Al oír esto, la madeja de mi conocimiento se revolvió de un modo extraordinario. Los hilos entraban y salían los unos por entre los otros, y culebreaban para separarse y ponerse en orden. Ya aparecían en grupos de distintos colores, y aunque harto enmarañados todavía, muchos de ellos, si no todos, parecían haber encontrado su puesto.

—Vos amábais a otra —prosiguió aquella, que empezaba ya a no serme desconocida—. La vi y la observé. Quise tratarla por algún tiempo, y la traté y la conocí; la hallé tan indigna de vos, que desde luego me consideré vencedora. Es imposible que me equivoque.

Al oír esto, el corazón mío, que hasta entonces había permanecido quieto y mudo, dormido como un niño en su cuna, empezó a dar unos saltitos tan vivarachos y a llamarme con una vocecita tan dulce, que realmente me hacía daño. Dentro de mí se fue levantando no sé si diré un vapor, una onda que fue primero tibia y después ardiente, la cual me subía desde el fondo a la superficie del ser, despertando a su paso todo lo que dormía; una oleada invasora, dominante, que poseía el don de la palabra, y al ascender por mí iba diciendo: «Arriba, arriba todo.»

—¿Qué tenéis? —continuó aquella mujer—. Estáis agitado. Vuestro rostro se enciende... ahora palidece... ¿Vais a llorar? Yo también lloro. La salud vuelve a vuestro cuerpo, como la sensibilidad a vuestra noble alma. ¿Será posible que os haya conmovido la revelación que he hecho? No juzguéis mi atrevimiento con criterio vulgar, creyendo que falto al decoro, a las conveniencias y al pudor diciendo a un hombre que le amo. Yo, al mismo tiempo, soy pura como los ángeles y libre como el aire. Los necios que me rodean podrán calumniarme y calumniaros; pero no mancharán mi honra, como no la mancha un amor ideal y celeste al pasar del pensamiento a la palabra. Si durante mucho tiempo he disimulado y aparentado huir de vos, no ha sido por temor a los tontos, sino por provecho de entrambos. Cuando os he visto casi muerto, cuando os he recogido en mis brazos del campo de batalla, cuando os traje aquí y os atendí y os cuidé, tratando de devolveros la vida, tenía gran pena de que murieseis ignorando mi secreto.

El estupor mío tocaba a su fin. Pensamiento y corazón recobraban su prístino ser; pero la palabra tardaba, ¡vaya si tardaba!...