—Dios me ha escuchado —añadió ella—. No solo podéis oírme, sino que vivís, y podréis hablarme y contestarme. Decidme que me amáis, y si morís después, siempre me quedará algo vuestro.

Una figura celestial, tan celestial que no parecía de este mundo, se entró dentro de mí, agasajándose y plegándose toda para que no hubiese en mi interior un solo hueco que no estuviese lleno con ella.

—No me contestáis una sola palabra —dijo la voz de mi enfermera—. Ni siquiera me miráis. ¿Por qué cerráis los ojos?... ¿Así se contesta, caballero?... Sabed que no solo tengo dudas, sino también celos. ¿Os habré desagradado en lo que últimamente he hecho? No os lo ocultaré, porque jamás he mentido. Mi lengua nació para la verdad... ¿Ignoráis tal vez que vuestra princesa encantada y el bribón de su padre estaban en Salamanca? Quién los trajo, es cosa que ignoro. El desgraciado masón anhelaba la libertad y se la he dado con el mayor gusto, consiguiendo del general un salvoconducto para que saliese de aquí y pudiese atravesar toda España sin ser molestado.

Al oír esto, razón, memoria, sentimientos, palabra, todo volvió súbito a mí con violencia, con ímpetu, con estrépito, como una catarata despeñándose de las alturas del cielo. Di un grito, me incorporé en el lecho, agité los brazos, arrojé lejos de mí con instintiva brutalidad la hermosa figura que tenía delante, y prorrumpí en exclamaciones de ira. Miré a la dama y la nombré, porque ya la había conocido.

XXXVIII

El hospitalario que antes vi, entró al oír mis gritos, y ambos procuraron calmarme.

—Otra vez le empieza el delirio —dijo Juan de Dios.

—Yo he sido causa de esta alteración —dijo Miss Fly muy afligida.

Mi propia debilidad me rindió, y caí en el lecho, sofocado por la indignación que sordamente se reconcentraba en mí, no encontrando ni voz suficiente ni fuerzas para expresarse fuera.

—El pobre Sr. Araceli —dijo Juan de Dios con sentimiento piadoso— se volverá loco como yo. El demonio ha puesto su mano en él.