—Callad, hermano, y no digáis tonterías —dijo Miss Fly cubriendo mis brazos con la manta y limpiando el sudor de mi frente—. ¿Qué habláis ahí de demonios?
—Sé lo que me digo —añadió el agustino, mirándome con profunda lástima—. El pobre D. Gabriel está bajo una influencia maléfica... Lo he visto, lo he visto.
Diciendo esto, destacaba de su puño cerrado dos dedos flacos y puntiagudos, y con ellos se señalaba los ojos.
—Marchad fuera a cuidar de los otros enfermos —dijo Miss Fly jovialmente— y no vengáis a fastidiarnos con vuestras necedades.
Fuese Juan de Dios y nos quedamos de nuevo solos Athenais y yo. Hallándome ya en posesión completa de mi pensamiento, le hablé así:
—Señora, repítame usted lo que hace poco ha dicho. No entendí bien. Creo que ni mis sentidos ni mi razón están serenos. Estoy delirando, como ha dicho aquel buen hombre.
—Os he hablado largo rato —dijo Miss Fly con cierta turbación.
—Señora, no puedo apreciar sino de un modo muy confuso lo que he visto y oído esta noche... Efectivamente, he visto delante de mí una figura hermosa y consoladora; he oído palabras... no sé qué palabras. En mi cerebro se confunden el eco de voces ajenas y el son misterioso de otras que yo mismo habré pronunciado... No distingo bien lo real de lo verdadero; durante algún tiempo he visto los objetos y los semblantes sin conocerlos.
—¡Sin conocerlos!
—He oído palabras. Algunas las recuerdo, otras no.