—Tratad de repetir lo substancial de lo mucho que os he dicho —murmuró Athenais, pálida y grave—. Y si no habéis entendido bien, os lo repetiré.

—En verdad no puedo repetir nada. Hay dentro de mí una confusión espantosa... He creído ver delante de mí a una persona cuya representación ideal no me abandona jamás en mis sueños; una figura que quiero y respeto, porque la creo lo más perfecto que ha puesto Dios sobre la tierra... He creído oír no sé qué palabras dulces y claras, mezcladas con otras que no comprendía... He creído escuchar, tan pronto una música del cielo, tan pronto el fragor de cien tempestades que bramaban dentro de mi corazón... Nada puedo precisar... al fin he visto claramente a usted, la he conocido...

—¿Y me habéis oído claramente también? —preguntó acercando su rostro al mío—. Ya sé que no debe darse conversación a los enfermos. Os habré molestado. Pero es lo cierto que yo esperaba con ansia que pudierais oírme. Si por desgracia muriérais...

—De lo que oí, señora, solo recuerdo claramente que había usted puesto en libertad a una persona a quien yo aprisioné.

—¿Y esto os disgusta? —preguntó la Mosquita con terror.

—No solo me disgusta, sino que me contraría mucho, pero mucho —afirmé con inquietud, sacudiendo las ropas del lecho para sacar los brazos.

Athenais gimió. Después de breve pausa, mirome con fijeza y orgullo, y dijo:

—Caballero Araceli, ¿tanto coraje, es porque se os ha escapado el ave encantada de la calle del Cáliz?

—Por eso, por eso es —repetí.

—¿Y seguramente la amáis?...