—¿Pues qué, Sr. Juan de Dios, acaso voy a morir? —le dije, recelando que quisiera ensayar en mí el sistema de las silvestres yerbecillas.

—Para vivir como usted vive —afirmó el fraile con acento lúgubre—, vale más mil veces la muerte. Yo al menos la preferiría.

—No entiendo.

—Sr. Araceli, Sr. Araceli —exclamó, no ya inquieto, sino con verdadera alarma—, piense usted en Dios; llame usted a Dios en su ayuda; elimine usted de su pensamiento toda idea mundana; abstráigase usted... Para conseguirlo, recemos, amigo mío; recemos fervorosamente por espacio de cuatro, cinco o seis horas, sin distraernos un momento, y nos veremos libres del inmenso, del horrible peligro que nos amenaza.

—Pero este hombre me va a matar —dije con miedo—. Me manda el médico que coma, y ahora resulta que necesito una ración de seis horas de rezo. Hermanuco, por amor de Dios, tráigame una gallina, un pavo, un carnero, un buey.

—¡Perdido, irremisiblemente perdido...! —exclamó con aflicción suma, elevando los ojos al cielo y cruzando las manos—. ¡Comer, comer! Regalar el cuerpo con incitativos manjares cuando el alma está amenazada. Amenazada, Sr. Araceli... Vuelva usted en sí... Recemos juntos, nada más que seis horas, sin un instante de distracción... con el pensamiento clavado en lo alto... De esta manera, el pérfido se ahuyentará, vacilará al menos antes de poner su infernal mano en un alma inocente, la encontrará atada al cielo con las santas cadenas de la oración, y quizás renuncie a sus execrables propósitos.

—Hermano Juan de Dios, quíteseme de delante, o no sé lo que haré. Si usted es loco de atar, yo por fortuna no lo soy, y quiero alimentarme.

—Por piedad, por todos los santos, por la salvación de su alma, amado hermano mío, modérese usted, refrene esos livianos apetitos, ponga cien cadenas a la concupiscencia del mascar, pues por la puerta de la gastronomía entran todos los melindres pecaminosos.

Le miré entre colérico y risueño, porque su austeridad, que había empezado a ser grotesca, me enfadaba, y al mismo tiempo me divertía. No, no me es posible pintarle tal como era, tal como le vi en aquel momento. Para reproducir en el lienzo la extraña figura de aquel hombre, a quien los ayunos y la exaltación de la fantasía llevaran a estado tan lastimoso, no bastaría el pincel de Zurbarán, no: sería preciso revolver la paleta del gran Velázquez para buscar allí algo de lo que sirvió para la hechura de sus inmortales bobos.

Me reí de él, diciéndole: