—Tráigame usted de comer, y después rezaremos.

Por única contestación, el hospitalario se arrodilló, y sacando un libro de rezos, me dijo:

—Repita usted lo que yo vaya leyendo.

—¡Que me mata este hombre, que me mata! ¡Favor! —grité encolerizado.

Juan de Dios se levantó, y poniendo su mano sobre mi pecho, espantado y tembloroso, me habló así:

—¡Que viene! ¡que va a venir!

—¿Quién? —pregunté cansado de aquella farsa.

—¿Quién ha de ser, desgraciado, quién ha de ser? —dijo en voz baja y con abatimiento—. ¿Quién ha de ser sino el torpe enemigo del linaje humano, el negro rey que gobierna el imperio de las tinieblas como Dios el de la luz; aquel que odia la santidad y tiende mil lazos a la virtud para que se enrede? ¿Quién ha de ser sino la inmunda bestia que posee el arte de mudarse y embellecerse, tomando la figura y traje que más fácilmente seducen al descuidado pecador? ¿Quién ha de ser? ¡Extraña pregunta por cierto! ¡Me asombro de la inocente calma con que usted me habla, hallándose, como se halla, en el mismo estado que yo!

Mis carcajadas atronaban la estancia.

—Me alegraré en extremo de que venga —le dije—. ¿Cómo sabe usted que va a venir?