—Porque ya ha estado, pobrecito; porque ya ha puesto sus aleves manos sobre usted en señal de posesión y dominio, porque dijo que iba a volver.

—Eso me alegra sobremanera. ¿Y cuándo he tenido el honor de tal visita? No he visto nada.

—¡Cómo había usted de verlo si dormía, desgraciado! —exclamó con lástima—. ¡Dormir, dormir! he aquí el gran peligro. Él aprovecha las ocasiones en que el alma está suelta y haciendo travesuras, libre de la vigilancia de la oración. Por eso yo no duermo nunca; por eso velo constantemente.

—¿Vino mientras yo dormía?

—Sí: anoche... ¡horrible momento! La señora inglesa que tan bien ha cuidado a usted había salido. Yo estaba solo y me distraje un poco en mis rezos. Sin saber cómo, había dejado volar el pensamiento por espacios voluptuosos y sonrosados... ¡pecador indigno, mil veces indigno!... Yo había puesto el libro sobre mis rodillas, y cerrado los ojos, y dejádome aletargar en sabroso desvanecimiento, cuya vaporosa niebla y blando calor recreaban mi cuerpo y mi espíritu...

—Y entonces, cuando mi bendito hermanuco se regocijaba con tales liviandades, abriose la tierra, salió una llama de azufre...

—No se abrió la tierra, sino la puerta, y apareció... ¡Ay! apareció en aquella forma celestial, robada a las criaturas de la más alta esfera angélica; apareció cual siempre le ven mis pecadores ojos.

—Hermano, hermano, soy feliz y sentiría que estuviera usted cuerdo.

—Apareció, como he dicho, y su vista me convirtió en estatua. Otra de igual catadura le acompañaba, también en forma mujeril, representando más edad que la primera, la tan aborrecida como adorada, que es el terror de mis noches y el espanto de mis días, y el abismo que se traga mi alma.

—Pues le aseguro a usted que adoro a esos demonios, Sr. Juan de Dios, y ahora mismo voy a mandarles un recadito con usted.