—¿Conmigo? ¡Infeliz precito! Ya vendrán por usted, y se lo llevarán con sus satánicas artes.
—Quiero saber qué hicieron, qué dijeron.
—Dijeron: «Aquí nos han asegurado que está.» Y luego sus ojos, que todo lo ven en la lobreguez de la horrenda noche, vieron el miserable cuerpo, y se abalanzaron hacia él con aullidos que parecían sollozos tiernísimos, con lamentos que parecían la dulce armonía del amor materno, llorando junto a la cuna del niño moribundo.
—¡Y yo dormido como un poste! ¡Padre Juan, es usted un imbécil, un majadero! ¿Por qué no me despertó?
—Usted deliraba aún; las dos, ¡ay!, aquellas dos apariencias hermosísimas, y tan acabadas y perfectas que solo yo, con los perspicuos ojos del alma, podía adivinar bajo su deslumbradora estructura la mano del infernal artífice; las dos mujeres, digo, derramaron sobre el pecho y la frente de usted demoniacas chispas, con tan ingeniosa alquimia desfiguradas, que parecían lágrimas de ternura. Pusieron sus labios de fuego en las manos de usted como si las besaran, le arreglaron las ropas del lecho, y después...
—¿Y después?
—Y después, buscáronme con los ojos como para preguntarme algo; mas yo, más muerto que vivo, habíame escondido bajo aquella mesa y temblaba allí y me moría. Sr. D. Gabriel, me moría queriendo rezar y sin poder rezar, queriendo dejar de ver aquel espectáculo y viéndolo siempre... Por fin, resolvieron marcharse... ya eran dueños del alma de usted y no necesitaban más.
—Se fueron, pues.
—Se fueron diciendo que iban a pedir licencia a no sé quién para trasladar a usted a otro punto mejor... al Infierno cuando menos. De esta manera desapareció de entre los vivos un hermano hospitalario que era gran pecador: se lo llevaron una mañana enterito, y sin dejar una sola pieza de su corporal estructura.
—¿Y después?... Estoy muy alegre, hermano Juan.