—Después vino esa señora a quien llaman Doña Flay, la cual es una criatura angelical, que le quiere a usted mucho. Usted empezó a salir de aquel marasmo o trastorno en que le dejaron las embajadoras del negro averno: la señora inglesa habló largamente con usted, y yo, que me puse a escuchar tras la puerta, oí que le decía mil cositas tiernas, melosas y hechiceras.
—¿Y después?
—Y después usted se puso furioso y entré yo, y la inglesa me mandó salir, y a lo que entendí, mi D. Gabriel se durmió. La inglesa entraba y salía, sin cesar de llorar.
—¿Y nada más?
—Algo más hay, sí, sin duda lo más terrible y espantoso, porque el atormentador del linaje humano, aquel que, según un santo Padre, tiene por cómplice de su infame industria a la mujer, la cual es hornillo de sus alquimias, y fundamento de sus feas hechuras; aquel que me atormenta y quiere perderme, entró de nuevo en la misma duplicada forma de mujer linda...
—Y yo, ¿dormía también?
—Dormía usted con sueño tranquilo y reposado. La señora inglesa estaba junto a aquella mesa envolviendo no sé qué cosa en un papel. Entraron ellas... no expiré en aquel momento por milagro de Dios... se acercaron a usted, y vuelta a los aullidos que parecían llantos, y a los signos quirománticos semejantes a caricias blandas y amorosas.
—¿Y no dijeron nada? ¿No dijeron nada a Miss Fly ni a usted?
—Sí —continuó después de tomar aliento, porque la fatiga de su oprimido pecho apenas le permitía hablar—: dijeron que ya tenían la licencia, y que iban a buscar una litera para trasladar a usted a un sitio que no nombraron... Pero lo más extraño es que al oír esto la señora inglesa, que no estaba menos absorta, ni menos suspendida, ni menos espantada que yo, debió de conocer que las tan aparatosas beldades eran obra de aquel que llevó a Jesús a la cima de la montaña y a la cúspide de la ciudad; y sobrecogida como yo, lanzó un grito agudísimo, precipitándose fuera de la habitación. Seguila y ambos corrimos largo trecho, hasta que ella puso fin a su atropellada carrera, y apoyando la cabeza contra una pared, allí fue el verter lágrimas, el exhalar hondos suspiros y el proferir palabras vehementes, con las cuales pedía a Dios misericordia. Una hora después volví, despertó usted y nada más. Solo falta que recemos, como antes dije, porque solo la oración y la vigilancia del espíritu ahuyentan al Malo, así como el pérfido sueño, las regaladas comidas y las conversaciones mundanas le llaman.
Juan de Dios no dijo más; trémulo y lívido, ponía su atención en extraños ruidos que sonaban fuera.