—¡Aquí, aquí estoy, Inesilla... señora condesa! —grité reconociendo las dulces voces que desde mi lecho oía—. Aquí estoy vivo y sano y contento, y queriéndolas a las dos más que a mi vida.
¡Ay! Entraron ambas y desoladas corrieron hacia mí. Una me abrazó por un costado y otra por otro. Casi me desvanecí de alegría cuando las dos adoradas cabezas oprimían mi pecho.
Juan de Dios huyó de un salto, de un vuelo, o no sé cómo.
Quise hablar, y la emoción me lo impedía. Ellas lloraban y no decían nada tampoco. Al fin, Inés levantó los ojos sobre mi frente y la observó con curiosidad y atención.
—¿Qué me miras? —le dije—. ¿Estoy tan desfigurado que no me conoces?
—No es eso.
La condesa miró también.
—Es que noto que te falta algo —dijo Inés sonriendo.
Me llevé la mano a la frente, y, en efecto, algo me faltaba.
—¿Dónde han ido a parar los dos largos mechones de pelo que tenías aquí?