Al decir esto, con sus deditos tocaba mi cabeza.
—Pues no sé... tal vez en la batalla...
Las dos se rieron.
—Queridas mías, recuerdo haber visto en sueños encima de mi cabeza un animalejo frío y negro, y ahora comprendo lo que era aquello: unas tijeras. Tengo aquí sobre la sien una rozadura... ¿la ven ustedes?... Esos pelos me molestaban, y aquí del cirujano. Es hombre entendido que no olvida el más mínimo detalle.
Tantas preguntas tenía que hacer, que no sabía por cuál empezar.
—¿Y en qué paró esa batalla? —dije—. ¿Dónde está Lord Wellington?
—La batalla paró en lo que paran todas: en que se acabó cuando se cansaron de matarse —me respondió una de ellas, no sé cuál.
—Pero los franceses se retiraban cuando yo caí.
—Tanto se retiraron —dijo la condesa— que todavía están corriendo. Wellington les va a los alcances. No tengas cuidado por eso, que ya lo harán bien sin ti... Veremos si te dan algún grado por haber cogido el águila.
—¿Conque yo cogí un águila...?