—¿A dónde vas? —preguntó con inquietud la madre a la hija, viendo que esta se ponía el manto sin decir para qué.

—Al Arapil —contestó Inés, entregando otro manto a la condesa, que se lo puso también sin decir nada.

Visitó Inés por breves momentos al anciano, y salió de la casa y de la ciudad, acompañada de su madre y del fiel Tribaldos. Inmenso gentío de curiosos llenaba el camino. La batalla había sido horrenda, y querían ver las sobras todos los que no pudieron ver el festín. Anduvieron largo tiempo, toda la noche, hacia arriba y hacia abajo, y de acá para allá, sin encontrar lo que buscaban, ni quien razón les diera de ello. Cerca del día vieron a Miss Fly, que regresaba del campo de batalla delante de una camilla bien arreglada y cubierta, donde traían a un hombre, que fue encontrado en el Arapil Grande, lleno de heridas, sin conocimiento, y con una horrible mordida en el brazo.

Acercáronse Inés, la condesa y Tribaldos a Miss Fly para hacerle preguntas; pero esta, impaciente por seguir, les contestó:

—No sé una palabra. Dejadme continuar. Llevo en esta camilla al pobre Sir Thomas Parr, que está herido de gravedad.

Siguieron ellas y Tribaldos, y recorrieron el campo de batalla, que la luz del naciente día les permitió ver en todo su horror; vieron los cuerpos tendidos y revueltos, conservando en sus fisonomías la expresión de rabia y espanto con que los sorprendiera la muerte. Miles de ojos sin brillo y sin luz, como los ojos de las estatuas de mármol, miraban al cielo sin verlo. Las manos se agarrotaban en los fusiles y en las empuñaduras de los sables, como si fueran a alzarse para disparar y acuchillar de nuevo. Los caballos alzaban sus patas tiesas, y mostraban los blancos dientes con lúgubre sonrisa. Las dos desconsoladas mujeres vieron todo esto, y examinaron los cuerpos uno a uno; vieron los charcos, las zanjas, los surcos hechos por las ruedas, y los hoyos que tantos millares de pies abrieran en el bailoteo de la lucha; vieron las flores del campo machacadas, y las mariposas que alzaban el vuelo con sus alas, teñidas de sangre. Regresaron a Salamanca; volvieron por la noche al campo de batalla, no ya conmovidas, sino desesperadas; rezaban por el camino; preguntaban a todos los vivos, y también a los muertos.

Por último, después de repetidos viajes y exploraciones dentro y fuera de la ciudad, en los cuales emplearon tres días, con ligeros intervalos de residencia y descanso en la casa de la calle del Cáliz, encontraron lo que buscaban en el hospital de sangre, improvisado en la Merced. Lo hallaron separado de los demás, en una habitación solitaria y en poder de un pobre fraile demente. Hicieron diligencia cerca de la autoridad militar, y, por último, consiguieron poder llevarle, es decir, llevarme consigo.

XLI

Acomodáronme en una estancia clara y bonita y en un buen lecho, que atropelladamente dispusieron para mí. Me dieron de comer, lo cual agradecí con toda mi alma, y empecé a encontrarme muy bien. Lo que más contribuía a precipitar mi restablecimiento, era la alegría inexplicable que llenaba mi alma. Síntoma externo de este gozo era una jovialidad expansiva, que me impulsaba a reír por cualquier frívolo motivo.

La noche de mi entrada en la casa, mientras la condesa escribía cartas a todo ser viviente, en la sala inmediata Inés me daba de cenar.