Nos hallábamos solos, y le conté toda, absolutamente toda la casi increíble novela de Miss Fly, sin omitir nada que me perjudicase o me engrandeciese a los ojos de mi interlocutora. Oyome esta con atención profunda, mas no sin tristeza; y cuando concluí, diríase que mi constante amiga había perdido el uso de la palabra. No sé en qué vagas perplejidades se quedó suspenso y flotante su grande ánimo. En su fisonomía observé el enojo luchando con la compasión, el orgullo tal vez en pugna con la hilaridad. Pero no decía nada, y sus grandes ojos se cebaban en mí. Por mi parte, mientras más duraba su abstracción contemplativa, más inclinado me sentía yo a burlarme de las nubes que oscurecían mi cielo.
—¿Es posible que pienses todavía en eso? —le dije.
—Espero que me enseñes el mechón rubio con que te han pagado el negro... Buena pieza, ¿piensas que me casaré contigo, con un perdido, con un bribón?... Te cuidaremos, y luego que estés bueno, te marcharás con tu adorada inglesa. Ninguna falta me haces.
Quería ponerse seria, y casi casi lo lograba.
—No me marcharé, no —le dije—, porque te quiero más que a las niñas de mis ojos; me has enamorado, porque eres una criatura de otros tiempos, porque vuestra alma, señora (me gusta tratar de vos a las personas), da la mano a la mía y ambas suben a las alturas donde jamás llegan la vulgaridad y bajeza de los nacidos. Por vos, señora, seré Bernardo del Carpio, el Cid y Lanzarote del Lago; acometeré las empresas más absurdas; mataré a medio mundo, y me comeré al otro medio.
—Si piensas embobarme con tales tonterías... —dijo sin querer reírse, pero riendo.
—Señora —exclamé con dramático acento—, vos sois el imán de mi existencia, la única pareja digna de mi alma; adoro las águilas que vuelan mirando cara a cara al sol, y no las gallinas que solo saben poner huevos, criar pollos, cacarear en los corrales, y morir por el hombre. Llevadme, llevadme con vos, señora, a los espacios de las grandes emociones y a las excelsitudes del pensamiento. Si me abandonáis, yo os lloraré en las ruinas; si me amáis, seré vuestro esclavo, y conquistaré diez reinos para poneros uno en cada dedo de las manos.
—Calla, calla, tonto, farsante —dijo Inés, defendiéndose como podía contra la hilaridad que la ahogaba.
—¡Ah, señora y dueño mío! —proseguí yo reforzando mi entonación—. Me rechazáis. Vuestro corazón es indigno del mío. Yo lo creí templado en el fuego de la pasión, y es un pedazo de carne fofa y blanda. Os lo pedía yo para unirlo al mío, y vos le arrojáis a los soldados para que claven en él sus bayonetas. Sois indigna de mí, señora. Os digo estas sublimidades, y en vez de oírme, os estáis cosiendo todo el día; tembláis cuando voy a la guerra; no pensáis más que en vuestros chiquillos, en vez de pensar en mi gloria, y os ocupáis en hacer guisotes y platos diversos para darme de comer; yo no como, señora: en la región donde yo habito no se come... De veras sois tonta: os habéis empeñado en amarme con cariño dulce y tranquilo, propio de costureras, boticarios, sargentos, covachuelistas y sastres de portal. ¡Oh! amadme con exaltación, con frenesí, con delirio, como amaba Bernardo del Carpio a Doña Estela; cantad las hazañas de los héroes que son norte y faro de mi vida, y poneos delante de mí cual figura histórica, sin cuidaros de que mi ropa esté hecha pedazos, mi mesa sin comida y mis hijos desnudos. ¿Qué veo? ¿Os reís? ¡Miseria humana! ¡Yo me muero por vos, y os reís! ¡Yo peno, y vos os regocijáis! ¡Yo enflaquezco, y vos os presentáis a mí fresca, alegre y gordita!
Inés lloraba de risa, pero de una manera tan franca y natural, que todo el enojo se iba desvaneciendo en aquellas chispas de alegría. Mi corazón se entendió con el suyo, como los hermanos que por un momento riñen para quererse más.