—Os abandono, porque amáis a otro, a una criatura vulgar y antipoética, señora —continué mirando su frente y haciendo con mis dedos movimiento semejante al abrir y cerrar de unas tijeras—; pero quiero llevarme un recuerdo vuestro, y así os corto ese mechón que os cuelga sobra la frente.

Diciéndolo, cogí la preciosa cabeza y le di mil besos.

—Que me lastimas, bárbaro —gritó sin cesar de reír.

Acudió la condesa, que en la cercana habitación estaba, y al verla, Inés, más roja que una amapola, le dijo:

—Es Gabriel, que las echa de gracioso.

—No hagáis ruido, que estoy escribiendo. Todavía me faltan muchas cartas, pues tengo que escribir a Wellington, a Graham, a Castaños, a Cabarrús, a Azanza, a Soult, a O’Donnell y al Rey José.

Mi adorada suegra tenía la manía de las cartas. Escribía a todo el mundo, y de todos lograba respuesta. Su colección epistolar era un riquísimo archivo histórico, del cual sacaré algún día no pocas preciosidades.

Al día siguiente, mi suegra fue a visitar a Miss Fly, a quien, como he dicho, había tratado en el Puerto y reconocido últimamente en Salamanca. Athenais pagó la visita a la condesa en el mismo día. Vino elegantemente vestida, deslumbradora de hermosura y de gracia. Servíale de caballero el coronel Simpson, siempre encarnadito, vivaracho, acicalado y compuesto como un figurín, y siempre honrando todos los objetos y personas con la cuádruple mirada de dos ojos y dos vidrios que jamás descansaban en su investigadora observación. Yo me había levantado; en pie asistí sin moverme a la visita, que no fue larga, aunque sí digna de ocupar el penúltimo lugar en esta verídica historia.

—¿De modo que parte usted definitivamente para Inglaterra? —dijo la condesa.

—Sí, señora —repuso Athenais, que no se dignaba mirarme—: estoy cansada de la guerra y de España, y deseo abrazar a mi padre y hermanas. Si alguna vez vuelvo a España, tendré el gusto de visitaros.