—Antes quizás tenga yo el de escribir a usted —dijo mi suegra acordándose de que había papel y plumas en el mundo—. Por falta de tiempo no he escrito ya a Lord Byron, a quien conocí en Cádiz. No llevará usted malos recuerdos de España.
—Muy buenos. Me he divertido mucho en este extraño país; he estudiado las costumbres, he hecho muchos dibujos de los trajes y gran número de paisajes en lápiz y acuarela. Espero que mi álbum llame la atención.
—También llevará usted memoria de las tristes escenas de la guerra —dijo Amaranta con emoción.
—Los franceses nada respetan —indicó Miss Fly con la indiferencia que se emplea en las visitas para hablar del tiempo.
—En su retirada —afirmó Simpson— han destruido todos los pueblos de la ribera del Tormes. No nos perdonan que les hayamos matado cinco mil hombres y cogido siete mil prisioneros con dos águilas, seis banderas y once cañones... ¡Grandiosa e importante batalla! No puedo menos de felicitar al Sr. de Araceli —añadió haciéndome el honor de dirigirse a mí— por su buen comportamiento durante la acción. El brigadier Pack y el honorable general Leith han hecho delante de mí grandes elogios de usted. Me consta que su excelencia el gran Wellington no ignora nada de lo que tanto os favorece.
—En ese caso —dije—, tal vez se disipe la prevención que Su Excelencia tenía contra mí por motivos que nunca pude saber.
Athenais se puso pálida; mas dominándose al instante, no solo se atrevió a fijar en mí sus lindos ojos de cielo, sino que se rio y de muy buena gana, según parecía.
—Este caballero —contestó con jovialidad asombrosa por lo bien fingida— ha tenido la desgracia y la fortuna de pasar por mi amante a los ojos de los ociosos del campamento. En España, el honor de las damas está a merced de cualquier malicioso.
—¡Pero cómo! ¿Es posible, señora? —exclamé fingiéndome sorprendido, y además de sorprendido, encolerizado—. ¿Es posible que por aquel felicísimo encuentro nuestro...? No sabía nada ciertamente. ¡Y se han atrevido a calumniar a usted!... ¡Qué horror!
—Y poco ha faltado para que me supusieran casada con vos —añadió apartando los ojos de mí, contra lo que las conveniencias del diálogo exigían—. Me ha servido de gran diversión, porque, a la verdad, aunque os tengo por persona estimable...