—No tanto que pudiera merecer el honor... —añadí completando la frase—. Eso es claro como el agua.

—Todo provino de que alguien nos vio juntos en la ciudad, cuando para salvaros de aquellos infames soldados, pasasteis por mi criado durante unas cuantas horas —dijo Athenais, coqueteando y haciendo monerías—. Ahora falta saber si por vanidad juvenil fuisteis vos mismo quien se atrevió a propalar rumores tan ridículos acerca de una noble dama inglesa, que jamás ha pensado enamorarse en España, y menos de un hombre como vos.

—¡Yo, señora! El coronel Simpson es testigo de lo que pensaba yo sobre el particular.

—Los rumores —dijo el simpático Abraham— partieron de la oficialidad inglesa, y empezaron a circular cuando Araceli volvió de Salamanca y Athenais no.

—Y vos, mi querido Sir Abraham Simpson —dijo Miss Fly con cierto enojo—, disteis circulación a las groserías que corrían acerca de mí.

—Permitidme decir, mi querida Athenais —indicó Simpson en español—, que vuestra conducta ha sido algo extraña en este asunto. Sois orgullosa... lo sé... creíais rebajaros solo ocupándoos del asunto... Lo cierto es que oíais todo, y callábais. Vuestra tristeza, vuestro silencio hacían creer...

—Me parece que no conocéis bien los hechos —dijo Athenais empezando a ruborizarse.

—Todos hablaban del asunto; el mismo Wellington se ocupó de él. Os interrogaron con delicadeza, y contestasteis de un modo vago. Se dijo que pensábais pedir el cumplimiento de las leyes inglesas sobre el matrimonio. Calumnia, pura calumnia; pero ello es que lo decían y vos no lo negábais... yo mismo os llamé la atención sobre tan grave asunto, y callasteis...

—Conocéis mal los hechos —repitió Athenais más ruborizada—, y además sois muy indiscreto.

—Es que, según mi opinión —dijo Simpson—, llevasteis la delicadeza hasta un extremo lamentable, mi querida Athenais... Os sentíais ultrajada solo por la idea de que creyeran... pues... una mujer de vuestra clase... No quiero ofender al señor; pero... es absurdo, monstruoso. La Inglaterra, señora, se hubiera estremecido en sus cimientos de granito.