—¡Sí, en sus cimientos de granito! —repetí yo—. ¡Qué hubiera sido de la Gran Bretaña!... Es cosa que espanta.
Miss Fly me dirigió una mirada terrible.
—En fin —dijo la condesa—, los rumores circularon... yo misma los oí... Pero la cosa no vale nada, si la Gran Bretaña se mantiene sin mancilla...
Miss Fly se levantó.
—Señora —le dije con el mayor respeto—, sentiría que usted dejase a España sin que yo pudiese manifestarle la profundísima gratitud que siento...
—¿Por qué, caballero? —preguntó llevando el pañuelo a su agraciada boca.
—Por su bondad, por su caridad. Mientras viva, señora, bendeciré a la persona que me recogió del campo de batalla con otros infelices compañeros.
—Estáis en gran error —exclamó riendo—. Yo no he pensado en tal cosa. Vos, sin duda, lo deseábais. Recogí a varios, sí; pero no a vos. Os han engañado. Me visteis en la Merced recorriendo las salas y dormitorios... No quiero que me atribuyan el mérito de obras que no me pertenecen.
—Entonces, señora, permítame usted que le dé las gracias por... No, lo que quiero decir es que ruego a usted no me guarde rencor por haber sido causa, aunque inocente, de esos ridículos rumores...
—¡Oh, oh!... No hago caso de semejante necedad. Soy muy superior a tales miserias... ¡La calumnia! ¿Acaso me importa algo?... ¡Vuestra persona! ¿Significa algo para mí? Sois vanidoso y petulante.