Miss Fly hacía esfuerzos extraordinarios por conservar en su semblante aquella calma inglesa que sirve de modelo a la majestuosa impasibilidad de la escultura. Miraba a los cristales, a los viejos cuadros, al suelo, a Inés, a todos, a todos menos a mí.
—Entonces, señora —añadí—, puesto que ningún daño ha padecido usted por causa mía...
—Ninguno, absolutamente ninguno. Os hacéis demasiado honor, caballero Araceli, y solo con pedirme excusas por la vil calumnia, solo con asociar vuestra persona a la mía, estáis faltando al comedimiento, sí, faltando a la consideración que debe inspirar en todo lo habitado una hija de la Gran Bretaña.
—Perdón, señora, mil veces perdón. Solo me resta decir a usted que deseo ser su humildísimo servidor y criado, aquí y en todas partes y en todas las ocasiones de mi vida. ¿También así falto al comedimiento?
—También... pero, en fin, admito vuestros homenajes. Gracias, gracias —dijo con altivez—. Adiós.
Al fin de la visita, aunque repetidas veces se empeñó en reír, no pudo conseguirlo sino a medias. Sus manos temblaban, destrozando las puntas del chal amarillo. Despidiose cariñosamente de la condesa, y con mucha ceremonia de Inés y de mí.
—¿Y no será usted tan buena que nos escriba alguna vez para enterarnos de su salud? —le dije.
—¿Os importa algo?
—¡Mucho, muchísimo! —respondí con vehemencia y sinceridad profunda.
—¡Escribiros! Para eso necesitaría acordarme de vos. Soy muy desmemoriada, señor de Araceli.